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Luego del arranque del Programa para Erradicar la Violencia, echado a andar en Ecatepec la semana pasada, la siguiente parada era Morelia. En el calendario de actividades, también estaba prevista Cuernavaca. Sin embargo, la Secretaría de Gobernación requerirá de revalorar la estrategia, bajar el perfil de los eventos, y atender el control de daños por las refriegas ocurridas en las últimas horas en Michoacán. Como diría el PRI de los noventa: los demonios andan sueltos.

Ayer arreció la violencia en el estado vecino de Michoacán. Enfrentamientos entre Policía Federal con grupos del crimen organizado dejaron un saldo de 22 personas muertas. La cifra escalofriante, debe poner en alerta al Estado de México. Nadie olvida la multiejecución ocurrida hace unos años sobre la carretera Toluca-Zitácuaro. La entidad es desde hace tiempo paso obligado para unos, refugio para algunos, zona de operación para otros más.

Por más que pretenda ocultarse, el Estado de México es centro de operaciones. En el sur, dada su colindancia con Michoacán y Guerrero –y su propicia zona de cultivo- prolifera la cosecha de marihuana. En zonas urbanas se han encontrado un mercado de consumo incalculable para las mafias del narcotráfico. Y los capos, han decidido quedarse a vivir en zonas residenciales como Huixquilucan, Atizapán y un largo etcétera.

Hasta la fecha nadie tiene claro en qué consiste el Mando Único, dónde y cómo opera. Simplemente se trató de un acto simbólico, donde la Policía Estatal ejerció el control de las corporaciones municipales. No se fijaron metas, y es la hora que tampoco se dan a conocer resultados. Agazapados, secretario de seguridad y procurador de justicia, han preferido el silencio y la omisión. Las cosas andan tan mal, que antes se peleaban por salir a medios y hoy sólo se reparten culpas.

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Nadie experimenta en cabeza ajena. Los abusos de los alcaldes salientes en diciembre pasado, marcaron negativamente las finanzas municipales. Pese a los escándalos, los ediles actuales siguen la misma ruta. Salarios excesivos, bonos abundantes, deudas crecientes, poco gasto público, abultada nómina y precaria recaudación. El municipalismo no se fortalece, y la subsecretaría de Benjamín Fournier parece de ornato. Los alcaldes actúan como virreyes en sus terrenos.

Ahí está Pablo Basáñez. El salario que percibe rebasa la recomendación. Para comprar conciencias, dilapidó el presupuesto. Repartió 16 millones de pesos en gratificaciones para síndicos, regidores y secretario del Ayuntamiento. Es un robo legal. Nadie lo podrá acusar de desvío de recursos. Sólo se trata de un presidente municipal dadivoso, al que nadie le pone frenos. Esa es la autonomía municipal que tanto presumen, y disfrutan.

 

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