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El Manual de Maquiavelo 30-07-2021

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Francisco Ledesma / La medalla de oro… del poder político

La actuación de los deportistas mexicanos en los Juegos Olímpicos de Tokio 2020 ha sido una competencia llena de sinsabores, en gran medida por la falta de medallas y una insatisfacción constante por quedarse en la orilla del pódium, como si ése fuese el único resultado válido para la delegación nacional.

Las críticas y justificaciones frente a la carencia de medallas es una lista de lugares comunes, que llena los espacios de opinión pública cada cuatro años: la falta de políticas públicas de mediano y largo plazo; deportistas que enfrentan obstáculos estructurales en su preparación; dirigentes que carecen del perfil político o del conocimiento deportivo; presupuestos insuficientes en un país que tiene necesidades sociales más apremiantes; y los argumentos no terminan.

Queremos y exigimos deportistas de alto rendimiento en un país que tiene una clase gobernante, cuya única medalla de oro es la de la corrupción, el abuso en el ejercicio del poder, las componendas políticas y el desvío de recursos públicos.

Queremos y exigimos resultados exitosos a deportistas que carecen de la infraestructura para entrenar, pero somos omisos frente al poder público que derrocha recursos económicos sin obtener los resultados que merecemos.

Queremos y exigimos deportistas altamente exitosos, cuando quienes dirigen el deporte en México y en los estados, responden a posiciones políticas -incluidos los deportistas que terminan de altos funcionarios-, los cuales reinventan la toma de decisiones del gobierno que responden a sus intereses personales.

Queremos y exigimos atletas que no abandonen sus uniformes por amor a la patria, cuando tenemos una clase gobernante que se olvida de sus promesas de campaña, y que en esencia, una vez que llega al poder se convierte en aquello que tanto criticaban cuando arengaban en mítines desde la oposición.

Queremos y exigimos medallas a los deportistas que durante cuatro años son ignorados del escenario mediático, y que sólo acaparan la atención durante un mes de cada ciclo olímpico; y que incluso, aquellos que alcanzan la gloria del pódium vuelven al desdén público concluida la efervescencia veraniega.

Queremos y exigimos atletas de alto rendimiento, cuando en las universidades públicas y privadas el desarrollo deportivo no es visto como una disciplina obligada, sino como una actividad de ocio que dota de becas a los más destacados, sin que eso represente un apoyo con sus tareas escolares.

Queremos y exigimos competidores que regresen cargados de medallas, cuando lo más importante para el espectro mediático es ganar rating a costa de bufones con ciertos dotes histriónicos, y un puñado de albures en doble sentido, para desde ahí dar cuenta de los resúmenes deportivos en la televisión mexicana.

Queremos un país de primer mundo en el deporte olímpico, pero con una sociedad que avanza desde el tercer mundo, y que ve como sus mayores triunfos a nivel personal: evadir impuestos, pagar mordidas, abstenerse de votar, saltarse la fila y beneficiarse de un régimen que no tiene respeto por sus leyes.

El balance general de los Juegos Olímpicos vendrá en un par de semanas, con una muy disminuida cosecha de medallas, en el cual, los gobiernos, los medios y los patrocinadores pretenden reivindicar sus propios fracasos y frustraciones.

La autocrítica apenas durará los siguientes quince días, para luego retomar las mismas formas que nos llevan de fracaso en fracaso en cada ciclo olímpico.

La preocupación de fomento al deporte regresará al discurso político la próxima vez que haya elecciones, por ahora, podrá aguardar debajo del escritorio, junto a los pendientes que no son prioridad para el presupuesto ni la planeación.

La tenebra

La culpa no es del fútbol, ni tampoco de un partido político en particular.

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