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El Manual de Maquiavelo

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Francisco Ledesma / El mito de Colosio

Hace 25 años, el país vivió uno de los años más convulsos en la vida pública, tras el magnicidio del candidato presidencial priísta, Luis Donaldo Colosio, que dejó sembrada siempre la duda de que fue un crimen orquestado desde el régimen político, y arrojó heridas democráticas que permanecen abiertas.

A la distancia, el priísmo insiste en idolatrar a un personaje que sólo tiene como objeto sustancial su nutrido discurso: particularmente aquél pronunciado el 6 de marzo de 1994, apenas 17 días antes de su asesinato, donde se distingue un reconocimiento a la fragilidad del régimen político, absorto por un partido hegemónico que se había distinguido por los excesos y abusos de poder.

Desde entonces, el PRI ha perdido la Presidencia de la República en dos ocasiones, y hoy enfrenta una crisis institucional mayor que la cimbrada la tarde del 23 de marzo en Lomas Taurinas. Es Luis Donaldo Colosio, el referente por antonomasia para llamar a la renovación priísta inacabada pero también inalcanzable, en un partido que sostiene con alfileres su existencia.

Resulta inacabada porque a la distancia, el priísmo repite las mismas fórmulas y ha caído en las peores prácticas del poder político. Y a la vista, se contempla inalcanzable por la incapacidad de la clase gobernante para reinventarse.

Muchas cosas positivas se hablan de Luis Donaldo, y hasta de un legado que sólo existe como ideario democrático, aun cuando fue un discípulo de Carlos Salinas -de quien se cuentan las historias más oscuras de la política mexicana-. Fue en el salinismo, donde Colosio lo obtuvo todo en sólo cinco años: senador, dirigente nacional del PRI y secretario de Desarrollo Social. Una carrera ideal.

Lo cierto es que, hoy Colosio es intangible para los millenials, y en consecuencia para las nuevas generaciones que definieron la elección presidencial del año pasado y que serán decisorias para la consolidación democrática de las próximas décadas, dado que ya han transcurrido 25 años de su muerte, y no hay en la realidad acciones o actos palpables que lo sostengan como un referente político.

Hace cinco lustros, el Estado de México era gobernado por Emilio Chuayffet, y el actual mandatario, Alfredo Del Mazo, era un muchacho de 19 años que apenas cursaba los primeros semestres universitarios en el ITAM. Entonces, López Obrador contendía por segunda ocasión por la gubernatura de Tabasco, bajo las siglas del PRD, donde fue arrasado por el priísta Roberto Madrazo, que derrochó recursos y rebasó exponencialmente el tope de gastos de campaña.

Para Chuayffet vinieron mejores tiempos bajo el poder presidencial de Ernesto Zedillo, por ser ambos discípulos de José María Córdova Montoya. Mientras que Del Mazo, siguió los pasos de su abuelo y su padre hasta convertirse en gobernador de la entidad más poblada, y quizá más priísta del país. Andrés Manuel se desentendió de su tierra natal, fue jefe de gobierno en la Ciudad de México, y luego de tres intentos ganó la Presidencia de la República.

Hoy, Luis Donaldo Colosio vuelve al entramado político, incluso como un personaje clave de la cuarta transformación lopezobradorista, para cumplir con la promesa de abrir expedientes secretos, en la antesala por revelar una verdad histórica que difícilmente se encontrará documentada en el oficialismo de un régimen que controlaba las instituciones de principio a fin.

Hoy Colosio sigue en la memoria romántica de un priísmo colapsado por su derrota y atribulado por la carga negativa de su clase gobernante, que persiste en las distorsiones que le han impuesto a la ley cuando deberían de servirla; así como por el abuso de las autoridades y la arrogancia de las oficinas gubernamentales, que acusaba su entonces candidato presidencial.

Hoy Colosio es un producto de marca, que se instala en la comercialización editorial de libros y hasta el streaming de plataformas digitales, vigente en el nombre de algunas calles y plazas públicas donde se erige alguna estatua como muestra de un mártir de la democracia, pero no necesariamente por su reconocimiento ideológico o su identificación partidista.

Luis Donaldo Colosio ha sido rebasado por tiempo, circunstancia y lugar. El priísmo, en su mayoría también lo tiene en el olvido, tanto de su memoria colectiva como de sus conductas públicas. Mientras que la verdad histórica del crimen es un sitio oculto en las indagatorias realizadas, e inexistente en los expedientes abiertos que se pretenden redescubrir de forma oportunista.

La tenebra

Benito Juárez siempre acompañó el simbolismo político de los priístas, pero la cuarta transformación se los ha arrebatado de la sala de emblemas heroicos. El gobernador Alfredo Del Mazo no tuvo evento cívico ni siquiera una mención en sus redes sociales, que hiciera referencia al presidente oaxaqueño. Hoy Juárez ya está inventariado en el primer gobierno morenista y patentado en el mensaje sistemático de López Obrador, y por tanto se ha perdido del imaginario del PRI nacional, que deberá buscar otros referentes que le otorguen identidad, pero que no sea Peña ni Duarte.

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