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El Manual de Maquiavelo

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Foto: Mario Vázquez Agencia MVT

Francisco Ledesma / ¿La luna de miel terminó?

La contraposición ideológica entre Andrés Manuel López Obrador y Alfredo Del Mazo Maza tendrán como corolario en algún momento la fractura política; el colapso institucional y la confrontación electoral. Esa ruta crítica está sujeta a la conveniencia gubernamental y financiera de ambos proyectos, pero en esencia el maridaje del PRIMOR que ambos han construido, refleja estar sostenido en una base muy delgada, sujeta a coyunturas sociales de corto plazo.

En los últimos siete años, López Obrador eligió como su enemigo por antonomasia al Grupo Atlacomulco, con el que identificaba a la clase gobernante en el ejercicio del poder público. Ahí, en la misma élite política a la que pertenece Enrique Peña Nieto -entonces presidente de México-, lanzaba sus principales ataques sobre la condición precaria en la que transcurría la realidad del país.

Andrés Manuel atribuía al peñismo y a los políticos mexiquenses, las causas de inseguridad pública, la desigualdad social, pero particularmente de la rampante corrupción política. Y así prosiguió en la más reciente campaña electoral que le dio el triunfo en las urnas hasta convertirse en presidente de México.

Contrario a sus campañas electorales de 2006 y 2012, donde sus principales arengas se concentraban en Carlos Salinas de Gortari –bautizado como el innombrable-, precursor del neoliberalismo y jefe de la mafia del poder; el año pasado Andrés Manuel identificó en Peña Nieto como el presidente peor evaluado de la historia del país, por tanto, principal adversario en la batalla discursiva que generaba empatía, y en consecuencia a todo su grupo político.

A la persistencia de López Obrador por la Presidencia de la República, se agrega como agravio sustancial, la derrota reducida que sufrió Morena en la contienda de 2017, cuando un estrecho margen impidió que Delfina Gómez pudiera dar un golpe de autoridad en la elección más competida de la democracia mexiquense, a favor del priísta Alfredo Del Mazo, en ese momento el enemigo a vencer para el movimiento lopezobradorista a nivel nacional.

Luego de su holgada victoria electoral en julio pasado, Andrés Manuel y Del Mazo decidieron rebasar sus diferencias políticas, en gran medida, por un posible acuerdo superior atribuido al presidente saliente, Enrique Peña, en una especie de impunidad pactada. Y tras una luna de miel en los primeros 100 días de gobierno del tabasqueño, también existen señales de que esa connivencia puede decretarse concluida en corto plazo.

Ayer, en la conferencia mañanera de Andrés Manuel López Obrador, el titular de la Unidad de Inteligencia Financiera, Santiago Nieto Castillo, lanzó un dardo letal al corazón presupuestal delmacista, bajo la acusación de que el gobierno estatal habría financiado una “campaña negra” disfrazada de documental en contra del actual presidente en pleno combate electoral del año pasado. El gobierno delmacista optó por el silencio frente a las denuncias en su contra.

Horas más tarde, el priísmo se opuso desde San Lázaro a la aprobación de la revocación de mandato impulsada por el gobierno morenista, con el argumento de que está en marcha un proceso de reelección presidencial que atenta contra la democracia, que apenas se ha construido en 30 años, y que el priísmo aplastó mediante hegemonías dominantes en el periodo posrevolucionario.

Aunque por ahora, transitan en rutas paralelas, al final del camino se advierte que el gobierno morenista pretenderá imponerse sobre el último bastión priísta prevaleciente, el Estado de México, que es además la entidad con el mayor padrón electoral del país, con poco más de 12 millones de votantes.

Y por eso viene la revocación de mandato: para concitar un interés profundo entre los electores por salir a las urnas, más allá de elegir a alcaldes y diputados, pero cuya afluencia pudiera generar un voto masivo a favor de los candidatos morenistas. De ahí, el interés de Morena para que la propuesta avanzará, y también los elevados miedos del PRI para evitar que un efecto AMLO se replique en la intermedia de 2021, que los dejaría en una condición insalvable rumbo a la renovación de la gubernatura mexiquense dentro de cuatro años.

Falta mucho para los tiempos electorales, pero mientras el priísmo mexiquense busca seducir a sus clientelas políticas mediante sus programas asistenciales y la renovación de las dirigencias priístas locales, que generen una expectativa entre su abundante base social que los abandonó el año pasado; el morenaje no se descuida, y apuesta a que el capital político de López Obrador le alcance lo suficiente para la elección intermedia y repetir su triunfo del año anterior.

Las elecciones están distantes pero muy posiblemente la luna de miel esté llegando a su final; y entonces Del Mazo enfrentará una configuración política inusitada con mayorías morenistas en la legislatura y en los municipios.

Y muy posiblemente esté obligado a erigirse como un gobernador de oposición.

La tenebra

En 2003 y 2006, el priísmo votó una ley electoral que dividiera las elecciones locales de las federales. Evadió cualquier intento por capitalizar el bono político de la alternancia panista, y recuperar el terreno perdido. En 2011, eliminó las candidaturas comunes, para limitar las alianzas electorales y evitar una coalición opositora entre panistas y perredistas, que incluyó un pacto secreto entre Luis Miranda y Fernando Gómez Mont.

Pero ahora la revocación del mandato les incomoda como un karma político que los puede llevar al precipicio electoral del Grupo Atlacomulco.

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