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El Manual de Maquiavelo

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Francisco Ledesma / Rosario, un dolor de cabeza

Rosario Robles se volvió un dolor de cabeza para el Estado de México, pero no por el proceso penal que ya enfrenta en su contra. Era el año 2003, en la entidad había elecciones intermedias. Ella fungía como dirigente del PRD, y arengaba en contra de “la clase gobernante más corrupta del país”, para la cual años más tarde terminó trabajando, y convertida en emblema de esa descomposición política de la que tanto rezongaba en tiempos electorales.

En pleno proceso electoral de 2003, Robles presentó ante la Legislatura Estatal una iniciativa de ley para aplicar en el estado la pensión para adultos mayores que ya instrumentaba el gobierno capitalino encabezado por López Obrador.

Rosario enfrentaba al gobernador Arturo Montiel, quien ya traía varios pleitos legales con el gobierno defeño, ya fuera por el reclamo de la extracción de agua potable, o bien, por el depósito de basura en el Bordo de Xochiaca, que en ambos casos exigía indemnizaciones millonarias a la capital del país, pero en lo particular, era un enfrentamiento político con el puntero en las encuestas.

Andrés Manuel no volteaba a ver a Arturo. Pero Montiel tampoco hacía caso de Rosario. Fue Manuel Cadena, quien como secretario general de gobierno, exigió a Robles: “Cese su discurso lacerante para con el gobernador Montiel. Su actitud pone en riesgo la gobernabilidad del estado, y es mejor que deje de visitar el estado o procederemos legalmente”, lanzó en un tono de amenaza.

La exjefa de gobierno, envalentonada y arropada por el tabasqueño, respondió: “No nos van a amedrentar. Nosotros seguiremos viniendo. Estamos metidos en la campaña, nuestras propuestas, y apoyando a nuestros candidatos”, amagó.

Era un discurso de campaña, de ida y vuelta, que fue superado concluidos los tiempos electorales. Desde entonces, Andrés Manuel sentó una base social que redundó en dos victorias para sí mismo en el Estado de México: la de 2006 y la de 2018, que en los resultados oficiales ganó abrumadoramente.

Tras la campaña, la iniciativa que presentó Rosario Robles no trascendió en el Congreso mexiquense: una Legislatura encabezada por el priísta Enrique Peña Nieto; el entonces panista, Juan Rodolfo Sánchez; y el otrora perredista, Maurilio Hernández. El destino confrontó a Robles con López Obrador y ambos se distanciaron personal y políticamente, de forma irreconciliable.

Lo cierto es que, algo convenció al joven Peña Nieto de Rosario Robles, para que años más tarde la integrara a su equipo de trabajo, como parte prioritaria de la política social de su gobierno. Desde Los Pinos, ambos recorrieron un camino empedrado, desde el “no te preocupes, Rosario”, cuando funcionarios de la Sedesol fueron descubiertos condicionando apoyos para una elección en Veracruz, hasta el diseño de la Estafa Maestra de consecuencias inaceptables.

A lo largo del sexenio peñista, investigaciones periodísticas documentaron la triangulación de recursos públicos, la contratación de empresas fantasma, la asignación discrecional de presupuestos y una inexistencia en los productos contratados. De principio a fin, Robles fue una de las funcionarias de primer nivel que mayores imputaciones recibió por presuntos actos de corrupción.

Cuando los tiempos políticos y electorales exigían ajustes, Peña Nieto no prescindió de ella, sólo la reubicó a la Sedatu, con menores reflectores, un bajo perfil, pero perseguida por la misma trama de acciones fraudulentas al erario.

A poco más de ocho meses de haber concluido el mandato peñista, Robles enfrenta un proceso penal con un desenlace incierto para ella y los suyos.

Rosario se ha convertido, de nueva cuenta, en un dolor de cabeza para el Estado de México, por las consecuencias legales y políticas que puede atraer su expediente en agravio de la clase gobernante mexiquense, a la que tanto fustigó hace menos de 16 años.

La tenebra

Los priístas siguen siendo los más opacos. En la declaración tres de tres escasea su transparencia y rendición de cuentas. Ningún alcalde mexiquense del PRI aparece en la plataforma. Algunos ocultan hasta sus sueldos en las páginas de internet de sus ayuntamientos. ¡Vaya, Vaya!

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