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El ciudadano metropolitano

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Juan Carlos Núñez Armas

En México, como en el mundo entero, cada vez más personas vivimos o trabajamos en zonas metropolitanas. Esta situación genera grandes desafíos de servicios como transporte, vivienda, empleo y cuidado del medio ambiente entre otros.

Según la Encuesta Intercensal del Inegi aplicada en 2015, y la delimitación de zonas metropolitanas que se derivó de ella, se observa el incremento de 59 a 74 de estas zonas con 75.1 millones de habitantes, que representa el 62.8 % de la población total del país. Así, se identifican 401 ciudades, de las cuales 74 son metrópolis, 132 conurbaciones y 195 centros urbanos. Vale la pena anotar que las zonas metropolitanas tienen una gran importancia económica pues en ellas se genera el 76.4 % del PIB nacional.

El Estado de México tiene tres zonas metropolitanas: 1. Cuautitlán-Texcoco conformada por 59 municipios y con aproximadamente 12 millones 200 mil habitantes; 2. Valle de Toluca conformada por 15 municipios y alrededor de 2 millones 200 mil habitantes y 3. Santiago Tianguistenco conformada por 6 municipios y con una población estimada en 200 mil habitantes.

El 7 de octubre se conmemoró el día internacional de las zonas metropolitanas, enmarcado por la nueva normalidad ante la pandemia que padecemos. La crisis en la que nos instala el SARS-CoV-2 ha evidenciado, por un lado, la debilidad de las instituciones para responder oportunamente y atender a los ciudadanos. Por otro lado, representa la oportunidad de repensar, con optimismo, a nuestras ciudades. Aprender de la situación presente y hacerlas más resilientes es el reto que enfrentamos.

Hoy, salir de la crisis y fortalecer las ciudades, requiere soluciones creativas. Ante los enormes desafíos de proveer servicios, por citar un ejemplo la movilidad, según la Encuesta de Origen y Destino realizada por el INEGI en 2017, los habitantes de los municipios que forman parte de la Zona Metropolitana del Valle de México realizan 14.68 millones de viajes diarios y a su vez los habitantes de la Ciudad de México que viajan al Estado hacen un total de 15.09 millones de viajes por día. Según esta encuesta un habitante de la zona metropolitana más grande de México emplea 58 minutos para regresar al hogar, 63 para ir al trabajo y 46 para ir a estudiar. Ante la alta movilidad que presentan las zonas metropolitanas, surge entonces, una cuestión fundamental, ¿un habitante de una zona metropolitana tiene o no derechos y obligaciones con sus municipios destino, como visitante permanente, estudiante, empleado o transeúnte cotidiano?

En México entendemos a la zona metropolitana como una extensión territorial con un municipio central, predominantemente urbano. A partir de esta conceptualización se buscan las múltiples soluciones para estos concentrados poblacionales. Sin embargo, no podemos perder de vista que la verdadera discusión empieza cuando se pone al individuo y su comunidad inmediata en el centro de la acción política, como categorías diferentes de “clase social” que se ha usado hasta ahora. Moisés Naím nos dice que los poderes políticos tradicionales, basados en el tamaño y la posición geográfica, se pierden frente a los nuevos poderes basados en la relación que se genera por contenidos, de esos que suelen derribar barreras, y a los que llama micropoderes, y en este fenómeno podemos ver el enfrentamiento de lo nuevo contra lo viejo.

Es claro que las grandes urbes son el motor del crecimiento económico, la innovación, la industria, los servicios, la demanda y la producción. Al mismo tiempo son el origen de enormes desafíos, que se incrementan a un ritmo diverso, como la falta de seguridad personal o colectiva. Es así como las ciudades crecen, en tamaño y cantidad, y necesitan ser repensadas, rediseñadas y reimaginadas.

Las ciudades y sus alcaldes se pueden considerar como actores políticos de un primer orden, por su importancia económica, medioambiental, tecnológica y desde luego política, llegando algunos casos a ser superior a la de algunos países. En esta nueva realidad que enfrentan nuestras ciudades, es necesario idear modelos inéditos para empoderar ciudadanos, hacerlos inicio y destino de las decisiones y para que las agendas se construyan con ellos y no contra ellos. En este punto aparece la tecnología. Si los gobiernos son capaces de impulsar esta herramienta tendrán al alcance diversas maneras para captar iniciativas y canalizar, adecuadamente, la participación ciudadana.

En la búsqueda de poner al ciudadano en el centro de la acción política, empoderarlo y generar una mayor participación en la toma de decisiones para elevar la calidad de vida de quienes vivimos en las zonas metropolitanas, de cualquier parte del mundo, se observan diversas tendencias que se incluyen en la llamada gobernanza metropolitana:

  1. Gobiernos metropolitanos, en algunas partes del mundo se han fusionado municipios para designarlos como ciudades metropolitanas o se han creado dos niveles de gobierno, es decir, mantienen el gobierno municipal y generan una estructura gubernamental superior, cuya única finalidad es coordinar las acciones que involucran a dos o más municipios.
  2. Agencias metropolitanas sectoriales, tienen la finalidad de gestionar o planificar un solo servicio, como el suministro de agua, el desalojo y tratamiento de aguas, transporte o policía.
  3. Coordinación vertical, donde las políticas no se realizan por una dependencia específicamente sino por ámbitos de gobierno que ya existen, para el caso mexicano, lo más parecido es el sistema Cutzamala o el drenaje profundo de la Ciudad de México.
  4. Modelos basados en la cooperación voluntaria entre municipalidades que de forma mancomunada se asocian para planificar sus acciones que les son comunes.

Uno de los casos que más llama la atención, en otras partes del mundo, es el hecho de que algunos gobiernos metropolitanos tienen representación ciudadana sea de elección directa o indirecta. Algunos de estos gobiernos están integrados en un consejo metropolitano que busca formas de participación de los ciudadanos, que en otras circunstancias suelen estar excluidos, tienen en cuenta la perspectiva de género y, desde luego, el uso de las nuevas tecnologías de información y comunicación para mejorar la multicitada participación ciudadana.

En aquellas latitudes donde existe este tipo de gobernanza metropolitana se ha logrado una mayor participación del sector privado que se involucra más con su gobierno que, a su vez, ha tenido que incrementar la transparencia y la rendición de cuentas frente a la sociedad. Por otro lado, los ciudadanos se han visto beneficiados con la apertura en la toma de decisiones de manera conjunta entre los sectores público y privado.

Otro de los aspectos significativos ha sido el hecho de que los habitantes de las zonas metropolitanas se ven más relacionados con otras instancias gubernamentales, estatales y nacionales Adicionalmente, las relaciones globales han permitido el intercambio de experiencias exitosas como “network” o el “C40”, que se convierten en un centro de gestión de conocimiento para ciudades en la implementación de la nueva agenda urbana y de la ciudadanía sostenible.

Así, está llegando el tiempo de que, a la vez que pensamos en la “smart cities”, como una manera del desarrollo tecnológico que empodere ciudadanos, debemos tener presentes las herramientas que ayuden a tener ciudades más humanas. Generar prácticas de colaboración que involucren a las personas para que aporten las soluciones que los gobiernos no les han provisto. Es necesario un cambio de fondo, pero también de forma, para impulsar la creación de bienes intangibles, donde cada ciudadano se beneficie de vivir en una gran ciudad.  Bienes que pueden acercarse más los aspectos culturales, espirituales, vitales, cotidianos que contribuyan a que cada ciudadano sea cada vez más feliz y viva con mayor armonía.

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