Inicio Opinión EDITORIAL (27-02-2017)

EDITORIAL (27-02-2017)

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En la campaña presidencial de 1994, el candidato priísta Ernesto Zedillo apostó su conquista electoral al voto del miedo. El país tribulaba por un escenario de cruenta violencia y una insostenible crispación social. Marcado por el magnicidio de Luis Donaldo Colosio y el movimiento armado del Ejército Zapatista de Liberación Nacional se distinguían como elementos determinantes en una elección que advertía los riesgos de un régimen en la víspera del colapso.

A pesar de la inconformidad social con el priísmo, Zedillo se impuso con más del 50 por ciento de los votos, por encima del panista Diego Fernández de Cevallos y del perredista Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano. Su ascenso al poder, no sólo fue vertiginoso sino que enfrentó una de las mayores crisis económicas y un país inestable, que tuvo como corolario la alternancia política con el triunfo de Vicente Fox en las elecciones presidenciales del año 2000.

Doce años más tarde, el candidato panista Felipe Calderón puso en práctica de nueva cuenta una estrategia del voto del miedo. Bajo el argumento de mantener la estabilidad macroeconómica que había mantenido el foxismo, y ponía de manifiesto la campaña de contraste que calificaba al candidato de la izquierda, Andrés Manuel López Obrador como “un peligro para México”.

amlo_peligro_planamayor2Tras un atropellado proceso electoral y un cuestionado resultado en las urnas, Calderón se convirtió en presidente de México, y en su pretendida legitimación en el poder político emprendió una guerra contra el crimen organizado, cuyos efectos aún se cuentan en las calles mediante la militarización de los espacios públicos y miles de ejecuciones que se han convertido en rutina.

A la distancia, cuando el Estado de México enfrenta sus procesos de precampaña electoral, se puede advertir anticipadamente que el PRI mexiquense apostará su proselitismo al voto del miedo. En tanto que tener candidato único le prohíbe tener una promoción del ungido de facto, ha lanzado de momento una campaña institucional que pone en riesgo una supuesta estabilidad social.

En espectaculares, vallas y bardas se puede anticipar que el priísmo mexiquense “presume” sus logros en kilómetros de vialidades, servicios de salud, becas escolares y demás dádivas sociales como parte de un gobierno paternalista que se erige en protector social, y que desde ahora lanza un mensaje con tono amenazante: “cuidemos lo que tenemos”, sentencia la campaña priísta.

En paralelo, la oposición en su conjunto, aunque cada opción por su parte, se encuentra encaminada a lanzar campañas de contraste que convoquen al voto de castigo a un gobierno corrupto, ineficaz e insostenible, que se ha mantenido en el poder político durante los últimos 90 años, y que tienen sumido al Estado de México en la inseguridad, la impunidad y la pobreza.

En tanto, Delfina Gómez de Morena, anticipa desde ahora que su estrategia se erigirá en el efecto underdog, y a partir de su origen humilde -al ser hija de un albañil y no hijo y nieto de exgobernadores- busca contar con la solidaridad del electorado con el más débil. Los elementos de identidad tienden a incrementar.

En la medida en que inicien formalmente las campañas electorales, algunas opciones estarán en condiciones de reconducir sus estrategias proselitistas hacia el voto útil, en función de polarizar la elección a dos opciones, entre los buenos y los malos. Pero por ahora, la gran incógnita que concentra la estrategia priísta obliga a una reflexión: ¿cuántos mexiquenses están satisfechos con su actual condición de vida en aspectos como educación, salud, empleo, seguridad, etc.?

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