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Simplemente no hay comparación entre el espaldarazo dado por Enrique Peña y la frase ya famosa de “no te preocupes Rosario” para arropar a la secretaria de Desarrollo Social; y la mala señal que recibió Humberto Benítez Treviño, hoy investigado por la Secretaría de la Función Pública ante el comportamiento arrogante de su hija en un restaurante de la capital del país. Las horas parecen contadas para el ex titular de la PGR, quien se aferra al cargo y descarta su renuncia. El desenlace parece estar cerca.

La cercanía de Benítez con Enrique Peña se remonta a los tiempos en que fueron diputados locales en el sexenio montielista. Más tarde, Carlos Hank Rhon declinaría a favor de Peña por la gubernatura mexiquense, y operaría a favor del hijo político adoptivo de su padre el Profesor: Humberto Benítez. Con el tiempo, Enrique y Humberto compartieron tiempos aciagos como el caso Atenco de 2006, y otros de encumbramiento político, como la victoria electoral de julio pasado. El destino les ha puesto una encrucijada.

En los afectos de Enrique Peña, reconoce en Benítez a un hombre que le ayudó a construir la gobernabilidad del estado, en la gestación de su administración. Aunque las comparaciones son odiosas, para el proyecto presidencial Rosario Robles es el anzuelo para la izquierda; mientras que Humberto por ahora es sacrificable en medio de una crisis de credibilidad. Un clavo saca a otro clavo. Y el caso de Lady Profeco podría ser la carnada que requiere la oposición para olvidar los yerros de la Cruzada contra el Hambre en Veracruz.

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Eruviel no ata ni desata. Su relación con Miguel Ángel Mancera está trunca. De la noche a la mañana, Ávila borró de un plumazo el reglamento de tránsito metropolitano, que tanto trabajo costó construir a Enrique Peña y Marcelo Ebrard. A partir de este lunes, basta pasar de una frontera a otra entre la entidad mexiquense y la capital del país, para que las reglas viales sean distintas, y eso fomente lo que se pretende combatir: la corrupción.

Sin embargo, parece que Eruviel está dedicado a destruir todo lo que tenga un tufo de Atlacomulco, y a dejar insalvable la coordinación con el Distrito Federal. Rijosa es la conducta que lo describe. El entramado jurídico se ha ido modificando a pasos agigantados. Lo que construyó Enrique Peña, primero como diputado local, y luego como gobernador, se ha desvirtuado al paso de dieciocho meses y contando.

Nadie duda de las buenas intenciones eruvielistas. Pero su proyecto de gobierno sigue sin con-vencer. Hasta hoy no existen acciones que hayan rebasado a los discursos. Aunque han parado, las que parecían interminables renuncias a su gobierno, hay al menos tres secretarios de gabinete que confiesan en privada estar a disgusto con las decisiones del mandatario. Siguen en sus cargos para cuidar la plaza que les encargó quien hoy despacha en Los Pinos, y regresará a su tierra en 2018.

 

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