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El Manual de Maquiavelo

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La decadencia

Francisco Ledesma

 

El tiempo no perdona y cobra facturas. No importa siquiera que sea el gobernante de mayor popularidad en las encuestas presidenciales; cuando toca la hora de entregar el poder que ostenta, viene una etapa de decadencia para que el régimen político reacomode su estructura y permita el encumbramiento del sucesor. Quizá por esa misma circunstancia, y basado en ese temor, han venido los múltiples llamados a guardar la unidad y esperar los tiempos que demanda la figura política de Enrique Peña Nieto, quien se resiste a esa ley de la vida que debe asumir cualquier autoridad.

A menos de 200 días de concluir su gobierno, la clase priísta mexiquense se encuentra ansiosa por conocer el nombre del candidato a Gobernador. Desde que arrancó este año, no hay día en que se carezca de un ánimo especulativo que busque señales para saber quién será el ungido. La razón es muy simple, los grupos políticos por antonomasia -con base en los tiempos políticos ya existentes-, deben encontrar su reacomodo frente a la renovación del poder.

En el momento en que se dé a conocer el nombre del candidato, se convertirá en el líder político de facto del PRI en la entidad. Mientras que el Gobernador en turno, sólo mantendrá el control de la estructura gubernamental.

Una vez que pasa la elección, el candidato ganador comienza a trabajar sobre su nuevo gobierno. Las facultades legales, y las metalegales, las va adquiriendo palmo a palmo, mientras que el gobernador saliente queda en la orfandad política, sin importar en ello su futuro político por más promisorio que parezca. Peña Nieto lo sabe, y trata de evitar esa realidad ineludible.

Será decisión exclusiva del candidato ir conformando paso a paso su equipo de trabajo. Designar en decisión personal –o bien mediante la negociación con los aspirantes desplazados- cargos como su coordinador de campaña, su operador electoral, su secretario particular, su jefe de prensa, y demás cargos que darán los primeros visos de su gobierno en caso de alcanzar el triunfo.

En adelante, en caso de una victoria electoral, el gobernador electo desarrollará los trabajos de asunción al poder. Un nuevo grupo político asumirá las funciones del gobierno entrante. La decadencia del gobernante saliente ya es para este momento, algo no sólo imposible de evitar, sino alentado por quienes ya se alistan en asumir funciones protagónicas en la nueva administración, y que en casos extremos por una ambición política desmedida ya van pensando en la próxima sucesión sexenal.

Aquí poco importan las aspiraciones presidenciales, el mismo fenómeno de decadencia lo experimentaron en su momento Alfredo del Mazo González, Emilio Chuayffet y Arturo Montiel con sus diversos matices.

Hace seis años por ejemplo, nadie puede negar el encumbramiento de Peña Nieto, desde que se ungió como candidato hasta tomar protesta como mandatario, pese a que Montiel se encontraba en la cúspide del priísmo, y a un par de zancadas de poderle arrebatar a Roberto Madrazo la anhelada bandera del PRI en la presidencial del 2006.

En el caso particular del Estado de México, los priístas están acostumbrados a heredar el poder, por la sencilla razón de que no conocen la derrota al menos en lo que se refiere a la lucha por la gubernatura mexiquense. Están acostumbrados a heredar el poder, porque el círculo político en que se ha detentado la gubernatura es un grupo compacto y entrelazado, como si se tratara de una razón dinástica, y los elementos hasta hoy a la mano de los politólogos evidencian que esa tradición permanecerá intacta.

Por ello, hasta ahora la instrucción de alargar los tiempos del destape va más allá de una simple cuestión legaloide, más cuando los políticos en general, y los priístas en particular saben encontrar los escollos de la ley para darle la vuelta a la misma. Se trata sin duda, de que la decadencia del poder de Enrique Peña Nieto sea por ahora un tema del que no se hable, porque en política lo que no se dice, no existe.

No obstante, ayer el gobernante que pretende permanecer inmune al tiempo, ya dijo que la sucesión “se ha decantado” a cinco personas. La declaración nada circunstancial, permite avizorar el principio del fin. Su gobierno ya agoniza, y aunque se resiste a morir, los plazos se cumplen paso a paso.

 

La tenebra

A quince años de la fundación del Instituto Electoral del Estado de México la autonomía como motivo de su creación ha quedado en letra muerta. Más aún, mantiene un ayuno en la credibilidad de sus funciones. Envuelto en escándalos que parten desde ex presidentas autoflageladas, hasta consejeros renunciados en el manto de la corrupción, hacen que su tarea sea altamente cuestionada, y más en una sociedad mexicana que requiere de alternancia política para creer en su incipiente democracia.

Hoy, los cuestionamientos que pesan sobre Villarreal, Jardón y Martínez Vilchis, no son sólo una circunstancia política de la oposición. Son pequeña muestra de la descomposición estructural del organismo, y es que los supuestos consejeros ciudadanos, responden a intereses de grupo, a sectores fácticos, y a una motivación personal por permanecer en la nómina del presupuesto público. Pero no a organizar elecciones de forma equitativa e independiente.

 

 

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