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Toluca, Edomex. 9 de enero de 2019.- La actual estrategia contra el robo de combustible emprendida por el gobierno de López Obrador amenaza con terminar en una pugna política. El presidente de México abrió fuego hacia el exjefe de escoltas del Peña Nieto, como parte de una investigación sobre el saqueo de hidrocarburos dentro de la misma institución. Sin tener nada concreto aún, está claro que el mensaje, la estrategia y la toma de decisiones está encaminada a condenar las omisiones y los abusos del pasado peñista.

Andrés Manuel busca desmarcarse de anteriores gobiernos, de las más recientes administraciones de panistas y priístas. Ahí es donde concentra gran parte de sus afectos, y también de las fobias de sus opositores. Más allá de los resultados inmediatos en el combate al robo de combustibles, se avizora la polarización política, la rispidez discursiva y la confrontación entre los grupos de interés. El gobierno federal debe asumir que ya no está en campaña. La lucha entre el bien y el mal puede romperse por lo más delgado.

Primero fue la cancelación del aeropuerto en Texcoco. Ahí estuvo López Obrador en la defensa de su proyecto. En contra de la corrupción de la mayor obra de infraestructura peñista. A favor del Lago Nabor Carrillo. En contra del despilfarro presupuestal. A favor de la alternativa de Santa Lucía. Vino una consulta ciudadana de altos cuestionamientos. El resultado: una polarización política indeseable para un gobierno que apenas inicia. Con todo y sus altos índices de aceptación, de legitimidad y de votación alcanzada.

Luego Andrés Manuel decidió ir contra la reforma educativa. La reforma insignia del peñismo. El presidente no tuvo concesiones. Es gobierno y está para decidir. Sin embargo, en la decisión y la imposición, no hubo ninguna negociación. Los opositores volvieron a la carga. López Obrador logró su objetivo, demostrar en los hechos su rechazo a todo matiz peñista. Lo prioritario: cumplir con sus promesas de campaña. Arropar al magisterio inconforme con la reforma.

Ahora enfrenta quizá la mayor crisis social de su corto mandato. La comentocracia ha logrado un impacto en su oposición. El descontento ha pegado en las calles, en la plaza pública. El desabasto de gasolina es tangible. El gobierno pide paciencia y algunos sectores la conceden. Pero en el fondo, todo apunta a una nueva confrontación política entre el bien y el mal, entre el antes y el ahora, entre la cuarta transformación y el PRIAN.

López Obrador es el jefe de Estado y de Gobierno. Está claro que nunca va a convencer a sus detractores. Pero también está claro que su bono político no es infinito. En la acera de enfrente, los panistas y los priístas, más allá de oponerse a todo, deberían también de preocuparse. Andrés Manuel parece haber dejado atrás el borrón y cuenta nueva. El manto de impunidad podría quebrantarse. El actual gobierno valora el momento de superar la confrontación y tomar la difícil decisión de castigar a quienes abusaron del poder.

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