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Toluca, Edomex. 07 de mayo de 2018.- José Antonio Meade ayer intentó un relanzamiento de su campaña electoral. Sumido en el tercer lugar de las encuestas, el candidato presidencial pretendió vincularse con el priísmo, el mismo partido del que tanto ha renegado su círculo más cercano durante los primeros 35 días de proselitismo. Por primera ocasión, Meade se enfundó en una chamarra roja, un color y una marca de la que se había deslindado durante su campaña. A escasos tres días de haber designado a René Juárez como dirigente nacional del PRI, ahora Meade parece sentirse muy orgulloso del priísmo, la militancia que le ha permitido ser candidato, y de la que depende su última esperanza para figurar en la intención del voto.

Meade mantiene un suplicio: su apuesta es que a través de las estructuras del priísmo, sus sectores y organizaciones, el candidato presidencial se ponga en competencia. En un durísimo ejercicio de autocrítica, Meade no conecta con los priístas; y la marca del PRI no permite que Meade crezca. En la conclusión, ante la imposibilidad de cambiar de candidato, el equipo de campaña decidió que el voto duro, ese que obedece a la estructura clientelar, sea el que rescate el desastre de la campaña electoral. Nadie debe descartar que el priísta pueda declinar por Anaya, a pesar de que se niegue y se reniegue de esa posibilidad. Hace unas semanas se negaba la salida de Ochoa, y lleva cuatro días que se le fue el Internet, o se olvidó de sus redes sociales.

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Manuel Espino, exdirigente nacional del PAN, se asentó desde hace seis años en tierras mexiquenses para emprender su propio movimiento político, tras su rompiento con el calderonismo hace una década. Hace algunas semanas, se decidió por respaldar la candidatura de Andrés Manuel López Obrador. En la víspera, el candidato presidencial del Morena nombró a Espino como coordinador de organizaciones sociales y civiles. El mismo personaje, que en 2006, avaló la guerra sucia contra Andrés Manuel; y que en 2012 apoyó a Peña Nieto, y denostó a López Obrador. Ahora Espino está en un papel activo de un candidato que ya venció en dos ocasiones.

Lo cierto, es que el Estado de México ha permitido a Manuel Espino concitar una agrupación política que manipula según las circunstancias de tiempo y espacio. En la elección intermedia de 2015, varios panistas hicieron campaña a alcaldes y diputados locales por Movimiento Ciudadano. En el caso de los últimos, sólo hicieron el trabajo sucio para impulsar a Patricia Durán Reveles como diputada plurinominal. Espino nunca pierde, al menos electoralmente, porque en lo ideológico ha transitado por posiciones contrapuestas, desde la ultraderecha panista, al priísmo que combatió en su larga trayectoria, para acabar con Andrés Manuel, y éste al cobijarlo pese a sus contradicciones.

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La violencia política ha encendido las alarmas de la elección de julio próximo. Los procesos democráticos corren el riesgo de contaminarse por la presencia de grupos criminales, o actos delincuenciales que han puesto en riesgo la integridad de los candidatos y la paz social de las campañas electorales. Candidatos asesinados, atentados políticos y expresiones violentas no pueden formar parte de la normalización de la vida democrática del país, ni del Estado de México. A nadie conviene un estado convulso como resultado de la criminalidad política, y de la insultante impunidad de parte de los delincuentes.

En el debate electorero, la clase gobernante, antes de cuestionarse acciones como la amnistía, o incitar a campañas de miedo como parte del contraste de las campañas, debieran ocuparse de combatir la impunidad, que tanto lacera a la ciudadanía, y cuyos efectos colaterales, han comenzado a cimbrar a las élites políticas, que antes se pensaban aisladas de la violencia común, o inclusive, y más grave aún, de la delincuencia organizada.

 

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