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Toluca, Edomex; 5 de diciembre de 2019.- Este jueves, el gobernador del Estado de México, Alfredo Del Mazo Maza cumplirá 44 años de edad. Atrás han quedado los festejos faraónicos de los mandatarios que organizaban un “besamanos” en la Casa Estado de México. No habrá grandes comilonas ni mariachis al interior del inmueble de Paseo Colón como estilaban hace 20 años. Del Mazo ha preferido por separar su vida personal de su vida pública. No es afecto de las revistas del corazón ni de los Facebook live en las reuniones del gabinete.

A dos años de mandato, Alfredo ha marcado su propio estilo de gobernar. Llega a sus 44 años, en la plenitud del poder que representa el tercer año de mandato. Casi a la mitad de su gestión y con un escenario político mucho más complejo que cualquiera de sus antecesores. Discreto de su entorno familiar, el gobernador tampoco ha evitado la frivolidad de la clase gobernante.

Un factor clave que no ha cambiado, en comparación con el pasado, es la influencia del priísmo mexiquense sobre el resto del país. Las condiciones y coyunturas políticas le han permitido a Del Mazo asumir un liderazgo sobre el resto de sus homólogos. A sus 44 años, Alfredo es una de las cartas más robustas dentro de los restos del PRI nacional. En paralelo, su círculo más cercano de colaboradores se ha empoderado sistemática y consistentemente.

Es ingenuo pensar que, dadas las condiciones políticas, el PRI delmacista está pensando en concluir su existencia al término del sexenio. A su corta edad política, Del Mazo asume un proyecto transexenal a favor de su grupo político y de su trayectoria personal. El mandatario estatal tiene como prioridad trascender en tiempo y espacio, aun cuando enfrenta escenarios inéditos y adversos.

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Los informes de los 125 alcaldes del Estado de México transcurren sin pena ni gloria. A pesar de los esfuerzos de la clase política por conectar con sus gobernados, la mayoría de los ciudadanos no tienen el mínimo interés para conocer las acciones o metas presumidas con promoción personalizada. El común denominador es la prevalencia de una élite gobernante reprobada y desacreditada frente a la sociedad civil.

En esencia, los informes municipales debieran ser un ejercicio de rendición de cuentas de los alcaldes hacia su cabildo. Sin embargo, terminan por fomentar un culto a la personalidad, bajo el argumento de informar a los ciudadanos. Los eventos masivos y con fines propagandísticos, únicamente tienen un impacto multiplicador sobre sus aliados, amigos y conocidos de los alcaldes; y un puñado de actores políticos opositores que ya piensan en las próximas elecciones.

Los informes municipales, son además, una réplica de un formato inadaptado y anquilosado, basado en el régimen presidencial de los informes de los Poderes Ejecutivo federal y estatal. Simplemente, no terminar por cumplir ninguna de sus metas legales o metalegales del imaginario político. Afortunadamente sólo tienen la duración de una semana, y su promoción de apenas trece días.

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