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Ignacio Pichardo. Comisión de Agua. Foto Especial.

Toluca, Edomex. 01 de marzo de 2018.- Ignacio Pichardo Lechuga fue confirmado como coordinador de la campaña presidencial de José Antonio Meade en el Estado de México. Con escasa experiencia en la operación electoral, salvo sus antecedentes familiares, no se advierte razones para su designación. Tampoco representa un liderazgo en torno a la clase política. Ensimismado con su encomienda, ha preferido despachar desde San Lázaro, la más competida elección en la historia reciente del país.

Su padre, Ignacio Pichardo Pagaza era dirigente nacional del PRI, en la cruenta elección de 1994. Desde la presidencia tricolor, logró la segunda votación más alta para un presidente priísta con poco más de 17 millones de sufragios a favor de Ernesto Zedillo, sólo superado 18 años después por Enrique Peña Nieto con alrededor de 18 millones de votos. La tarea encomendada a Pichardo le valió convertirse en secretario de Energía. Contaba en su equipo electoral otros dos mexiquenses: Humberto Lira Mora y Arturo Montiel Rojas, que despachaban desde la poderosa secretaría de organización. Lo cierto es que en su calidad de exgobernador, Nacho Pichardo opera menos que un cirujano jubilado.

Ahora Pichardo Lechuga enfrenta el peor momento electoral del priísmo. Entre la elección del gobernador Eruviel Ávila y el mandatario Alfredo del Mazo, la preferencia electoral del PRI se desplomó en un millón de votos. En resumen, uno de cada tres votantes que sufragaron por Eruviel, dejaron de hacerlo por Del Mazo, y votaron en su contra. Con esos números, Ignacio Pichardo deberá regresar a los tres millones de electores que consiguió Eruviel. El bastión electoral mexiquense, es la última esperanza de la campaña de Meade.

En las dos últimas elecciones presidenciales, los coordinadores de campaña fueron arrastrados por la ola nacional. Hace seis años, Raúl Domínguez Rex -era dirigente estatal priísta y coordinador de la campaña peñista-. El efecto Peña fue suficiente para imponerse en su tierra natal. Hace doce años, Guillermo Ortiz Solalinde entregó las peores cuentas de una elección para el priísmo, sumido en un tercer lugar para el tabasqueño Roberto Madrazo. La campaña fue un desastre de principio a fin.

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A nadie debiera sorprender el uso político de la PGR, y la andanada que busca golpear al panista, Ricardo Anaya. Es el estilo del Grupo Atlacomulco, en el pleno uso de las instituciones del Estado para perseguir y aplastar opositores. Lo cierto es que ese procedimiento no puede verse como un asunto normalizado. No es casual que la indagatoria hacia Anaya se dé en tiempos en los que Meade se ha sumido en un lastimoso tercer lugar de todas las encuestas electorales.

El estilo atlacomulquense es distraer a los candidatos en ataques furtivos. Hace menos de un año, Delfina Gómez ocupó gran parte de su tiempo en explicar los descuentos que hacía a los sueldos de sus trabajadores. Hoy, el turno le ha tocado a Anaya. Desde las fontanerías del poder público, se buscan los expedientes para alcanzar al puntero López Obrador, y que desde ahí se cuiden sus aliados, sus cercanos y sus candidatos a los distintos cargos de elección.

 

 

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