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El Manual de Maquiavelo

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La elección del fracaso

Francisco Ledesma

 

A partir de abril próximo, los mexicanos seremos presa de una nueva y masiva campaña electoral por la Presidencia de la República. Hasta ahora con dos candidatos ampliamente definidos e identificados como son los casos del priísta Enrique Peña Nieto y del perredista Andrés Manuel López Obrador. Mientras que el partido oficial –el PAN- parece apuntalar a Josefina Vázquez Mota, aunque Felipe Calderón insiste en la imposición de su delfín político Ernesto Cordero, que no logra ni preferencia electoral ni opiniones favorables.

 

Una vez definidos los tres contendientes a la Presidencia de la República, los electores seremos testigos una vez más de los lugares comunes, y los discursos mesiánicos. De las promesas inexplicables y el clientelismo electoral. La spotización que satura los medios electrónicos y el hartazgo político como herramienta inhibidora del voto. Gane quien gane, la legitimidad estará cuestionada por el amplio abstencionismo y por no encontrar las mayorías electorales a favor de su causa. El panorama es simplemente desolador.

 

Y ahí estarán presentes los mítines rutinarios. El acarreo en todos ellos. La entrega de dádivas para motivar la participación ciudadana. La apatía generalizada, reflejada en un abstencionismo creciente. La credencial que se renueva masivamente, pero no para votar, sino como elemento de identidad. Los medios de comunicación cómplices de la simulación democrática. Consejeros electorales partidizados. Votaciones desacreditadas. Una población incrédula que no encuentra solución a nada pese a su voto en las urnas.

 

Las guerras sucias que no escapan a cada historia. Las mentiras exaltadas y las verdades ocultas. Los rostros escondidos que evidencian el lado humano de los candidatos, candidatos que roban, que corrompen, que se venden y que compran. Políticos que ahorran demasiado y se enriquecen de forma inexplicable. Junto a ellos, el rostro de la lacerante impunidad, y una lastimosa riqueza que erige un clasismo que pega a los mexicanos más pobres. La discriminación que se encubre por parte de quienes buscan el voto.

 

Los partidos políticos de siempre. Los del cambio y los de la continuidad. Los de la historia, los del pasado y los del futuro. Los que no aceptan sus errores y señalan siempre, sin concesiones, al que está enfrente. Los autoritarios, los del carro completo, los del conflicto postelectoral y los del plantón. Todos con sus intereses de grupo, persiguiéndose uno tras otro. Entre la intolerancia y el voto del miedo y el voto útil. Los de las instituciones y quienes las mandan al diablo. Los de las marchas y los de la represión. Confundidos y coludidos, que casi son la misma cosa.

 

El país de la democracia incompleta y las elecciones imperfectas.

 

Con las elecciones, viene detrás la torcedera de la ley. El acomodo de los poderes fácticos. La coacción del voto. La compra de espacios en medios. Y todo lo prohibido que se ejerce en lo oscurito. La política de darle la vuelta a lo escrito. De violar lo que ellos mismos redactaron y aprobaron.

 

Los candidatos que salen por aquí, aparecen por allá y el dinero les hace falta. Las campañas del despilfarro. El gasto oneroso, injustificable y sin reportar. Los órganos electorales omisos, negligentes y cómplices. Las votaciones donde gana el que más tiene, y no el que más puede. El concurso de la popularidad. Los candidatos que buscan ganar la encuesta, acrecentar el rating y se olvidan de lo esencial, del proyecto, del gobierno, del partido, del voto y del votante.

 

En los partidos son los tiempos de la movilización. De las fracturas entre estructuras, y las traiciones políticas. El golpeteo intenso de quienes buscan ser bendecidos, y convertirse en candidatos. Un espacio que todo partidiza, y donde todo lo bueno y lo malo se politiza. Los cargos públicos vueltos escaparates de promoción personal. El dinero público a la usanza de la propaganda política. Un lugar de mercenarios donde todo se compra o se vende. Las conciencias, los militantes, los partidos, las candidaturas.

 

Al exterior, deviene el encono. La entronización de los logros frente a los fracasos del opositor. La lucha del bien contra el mal. Las alianzas contra las coaliciones. Los rudos contra los técnicos. Los tecnócratas contra los políticos. La economía contra la gobernanza. Y el triunfo de la mercadotecnia. La elección del menos peor. Las agresiones verbales, las contiendas políticas y la rebatinga de los votos. Los cálculos de las encuestas. Los usos del poder y sus arrebatos. Las movilizaciones, las amenazas, los chantajes y los engaños.

 

Y al final, las minorías incapaces de ponerse de acuerdo. Capaces de frenar lo deseable o lo inaplazable. Las reformas que están ahí, atoradas como el sol en el desierto, sin más opción que permanecer y acostumbrarse. La nostalgia presidencialista por construir mayorías artificiales. El artilugio de vender un nuevo régimen entre partidos que no están dispuestos a ceder un solo ápice de sus beneficios, de sus cotos de poder, y del terreno ganado por décadas.

 

Son desde ahora, las votaciones del fracaso, sumidas en un abstencionismo que otros matizan de anular el sufragio. Al fin y al cabo, la cosa sigue igual.

 

La tenebra

 

Muy grave sería que la elección se decida por encuestas. Bajo esa circunstancia, lo más grave es que se impongan afectos, filias o fobias, pero no lo que más nos convenga, o ya de menos lo que más nos convenza.

 

 

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