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El Manual de Maquiavelo

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Francisco Ledesma / La fractura que viene

La renuncia anticipada de José Narro del proceso interno por renovar la dirigencia nacional priísta, advierte desafíos de un futuro inmediato que pudiera colapsar las estructuras de su último bastión electoral: el Estado de México.

Entrampado en la peor crisis política desde su origen, la Plana Mayor del priísmo nacional y local, resolvió que la democracia interna podría ser una salida para recuperar los votos que ha perdido por millones en los últimos ocho años.

Por sólo poner un ejemplo: en la elección de gobernador de 2011, el priísta, Eruviel Ávila sumó 3 millones 018 mil 588 votos; seis años más tarde, el PRI con Alfredo Del Mazo como candidato, obtuvo 1 millón 805 mil 663 sufragios.

En las elecciones presidenciales más recientes, también es pronunciada la pérdida de preferencias electorales para los candidatos priístas.

En 2012, cuando venció el mexiquense Enrique Peña Nieto, en el Estado de México, el PRI y sus distintas alianzas electorales, alcanzaron en las votaciones distritales 2 millones 682 mil 189 sufragios. En los comicios presidenciales del año pasado, el priísmo mexiquense apenas alcanzó una preferencia de 1 millón 665 mil 758 votos en los comicios distritales locales.

La cifra de 2018, es incluso una votación menor a los sufragios obtenidos hace catorce años en la elección de gobernador de 2005, por parte de Enrique Peña Nieto, con un padrón de siete millones de votantes; frente a los once millones de electores del año pasado.

Entre la elección de Eruviel Ávila y la de José Antonio Meade, tan sólo en el Estado de México, se esfumó la mitad de los votos priístas. La desaprobación ciudadana, además, incidió en una apabullante mayoría morenista en los espacios de poder que se disputaron: legisladores y alcaldías.

El desplome electoral es consistente, vinculado con un desgaste del poder público, a partir de los excesos y los abusos de una clase gobernante que no aprendió las lecciones de las derrotas de la historia reciente.

En respuesta al desastre político de julio pasado, el priísmo ha planteado realizar una consulta a la base para volverse democrático: abrir el partido a la militancia y recuperar la confianza a partir de la simulación y la confrontación.

Las primeras reacciones conllevan a un colapso estructural. El ungimiento de Alejandro Moreno por parte de los gobernadores tricolores, han determinado la renuncia de José Narro. En los hechos, el exgobernador de Campeche simplemente fue más hábil que el exrector de la UNAM en el respaldo de las élites políticas, que serán decisorias en la consulta a la base del 11 de agosto.

El priísmo parece destinado a repetir su pasado. El partido de grandes excesos en el ejercicio del poder público; pero también, el partido de las fracturas, cuando apuesta a la consulta a la base entre sus militantes.

Las pugnas entre Madrazo con Labastida; Madrazo con Montiel, y ahora, Alejandro Moreno con José Narro.

Ambos, tenían la misma apuesta: contar con el arropo de las cúpulas del partido que incidan en la movilización electoral de sus bases militantes, y ganar con la “cargada” que otorgan los gobernadores sobre sus territorios.

Los gobernadores priístas volverán a actuar como virreyes, como en los tiempos del panismo frente a la carencia de un militante en Palacio Nacional.

En el Estado de México, hace un par de semanas, la militancia aprobó llevar a cabo la consulta a la base como método de selección de los comités municipales, lo que anticipa un duro enfrentamiento entre los cacicazgos locales para detentar el poder político que disputarán en elecciones abiertas.

En Metepec, difícilmente se podrán concitar los intereses de Ana Lilia Herrera con Carolina Monroy, cuando se conocen de las diferencias entre sus grupos políticos. En Tlalnepantla, resulta irreconciliable la relación entre Pablo Basáñez con Arturo Ugalde, quienes buscarán el control partidista por tres años. En Coacalco, no se puede imaginar una dirigencia de consensos entre los Isidoro con los Guevara, que tendrán una rebatinga en la consulta por delante.

Y así, en cada uno de los 125 municipios se podría librar una batalla que la dirigencia estatal que encabeza Alejandra del Moral parece no haber dimensionado, y que dejará heridas tan profundas, que podrían no sanar rumbo al mayor interés delmacista: la elección intermedia de 2021.

La tenebra

Frente a una nueva escisión, Morena podrá entrar en una nueva etapa de reclutamiento. Más priístas desalentados por la crisis de su partido, aportando su capital político al partido dominante, que hoy les otorgará mayores posibilidades de acceso al poder público.

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