Francisco Ledesma / La plenitud del pinche poder
«Estoy ahorita en plenitud del pinche poder; tengo el gobierno en la mano», exclamó el priísta Fidel Herrera -d.e.p-, siendo mandatario de Veracruz para ofrecer apoyo monetario a candidatos de su partido, corrían las elecciones de 2010, de quien gobernó dicha entidad entre 2004 y 2010.
Guardando distancia y proporciones, podemos identificar que la morenista Delfina Gómez Álvarez ha entrado al cuarto año de su mandato: se trata pues, de la plenitud del pinche poder, con un proceso electoral en ciernes: el 2027.
Un sexenio que ya ha recorrido la primera mitad de gobierno. Para este momento, ya se puede identificar no sólo un estilo en el ejercicio del poder. También se puede reconocer qué perfiles políticos tienen una mayor injerencia política en su gabinete, y toman las decisiones que marcan el rumbo del sexenio.
Pero esa plenitud de poder no sólo es narrativa política. La fuerza electoral se refleja en la integración de los ayuntamientos. Por si fuera poco, la presidenta Claudia Sheinbaum también es de su partido, y comparte en el Estado de México, una seria de programas y acciones prioritarios en el presupuesto federal. Es decir, sostiene un respaldo en todas las rutas posibles: hacia arriba, hacia abajo, y en el equilibrio de poderes; sin oposición, sin resistencia, sin contrapesos.
Gobernar el Estado de México no es cosa menor. Se trata del estado más poblado del país, con un presupuesto público de 400 mil millones de pesos. Ciento veinticinco alcaldes -sólo debajo de Oaxaca, Puebla y Veracruz- y setenta y cinco diputados locales -con el congreso más grande de los estados-. Y eso implica, tener una ascendencia hacia una clase política con alcaldes que gobiernan municipios más grandes que algunas entidades del país.
Pero en el cenit de su carrera política, también es momento de consolidar esa hegemonía política; no en lo personal, sino en el escenario partidista. A Morena le costó demasiado -política, social y financieramente- ganar el Estado de México, como para dejar al azar su futuro electoral. Y se debe entender que, en la elección de 2027, los morenistas ya se juegan el destino de quién sucederá a Delfina Gómez, en la gubernatura de mayor peso político del país.
Y no, no hablamos de posibles candidatos, aunque los posibles “tiradores” ya se juegan aquí su capital político. Sin embargo, lo más relevante -por ahora- para la gobernadora en turno, es la prevalencia de Morena como principal fuerza electoral -algo que viene sucediendo desde 2017-; y esa ecuación implica ganar mayorías en los municipios, en los distritos federales y en los locales.
Para su grupo político, tiene la capacidad para incidir en que ejerzan el poder, mediante el impulso de sus carreras políticas. Para que algunos contiendan por las presidencias municipales; otros más para que acompañen la segunda mitad del sexenio desde la Legislatura local; y otro puñado en el gabinete estatal.
Porque también, en los primeros tres años del morenismo, se ha podido contemplar que el Grupo Texcoco, no es homogéneo, y que hay piezas de un rompecabezas que tienen diferentes vínculos políticos. Y desde esa lógica, Delfina Gómez tiene su propio círculo cercano, y que las diferencias -y rupturas- son parte del quehacer político para ejercer la plenitud del pinche poder.
El delfinismo ha entrado al cuarto año de gobierno, vienen los 24 meses más vertiginosos para su mandato: consolidar lo gubernamentalmente posible, pero ejercer lo políticamente deseable será el mayor desafío de su gestión.
Y sí, son 24 meses de la plenitud del poder. Porque entrado el sexto año de gobierno, la sucesión gubernamental implica un declive irremediable e irreversible, donde el poder se trasfiere de a poco, día a día, y decisión tras decisión, ante la elección de quien la sucederá en el no muy lejano 2029.
