Francisco Ledesma / El segundo éxodo priísta
Dos grandes éxodos han marcado la vida institucional del PRI. Un primer momento, se experimentó en la segunda mitad de los ochenta, cuando Cuauhtémoc Cárdenas y Porfirio Muñoz Ledo marcaron una implosión que rechazaba el dedazo como fórmula para postular candidaturas; una acción que generó que cientos, miles de priístas, se rebelaran contra el poder presidencial dando paso al PRD, donde vino la salida de personajes como Andrés Manuel López Obrador, Ricardo Monreal y Marcelo Ebrard, todos ellos hoy en Morena.
Un segundo instante, ha devenido en la última década, frente a la derrota sostenida de espacios de poder público -desde la Presidencia de la República hasta gubernaturas jamás perdidas-, y donde los priístas buscan mantenerse en la política activa desde otras alternativas partidistas con base en el pragmatismo electoral. A este elemento debe sumarse un liderazgo marcado por la exclusión y la falta de autocrítica, que en manos de Alejandro Moreno ha construido un partido que desprecia y expulsa a quienes no apoyan su toma de decisiones.
En el Estado de México, muchos priístas se han ido. Desde aquellos que nunca pasaron del corredor, como Miguel Sámano y Carlos Iriarte. Hasta las élites políticas más consolidadas, como Alfredo Del Mazo y Carolina Monroy. Su salida no es una mera anécdota para la historia política de la entidad porque transita por una decisión desde quienes forjaron al partido, con sus abusos, errores y excesos, pero cuyo origen geográfico y dinástico escribieron su destino.
Dos primos de Enrique Peña. Herederos del Grupo Atlacomulco que prefirieron renunciar a su militancia antes de ser testigos de la sepultura priísta. Se van porque ya no hay incentivos de poder público que los retengan. Se van porque desde la dirigencia estatal tampoco existe la ascendencia política para mantenerse en un partido. Se van porque el partido está en manos de quienes no tienen capital político y demuestran escasa experiencia electoral. Se van porque tampoco son parte del control político y financiero del partido.
El Grupo Atlacomulco se apaga porque sus voces ya no tienen eco. Arturo Montiel ha dejado de ser el gran elector que imponía condiciones para impulsar candidaturas. Enrique Peña vive en el autoexilio en defensa de su seguridad personal y sus más cercanos colaboradores. Alfredo Del Mazo ha preferido alejarse de la política activa a tres años de la derrota electoral.
Hoy el PRI pretende sobrevivir de la memoria. Aunque esa misma memoria sea la base de su defenestración política. No basta con reconocer los errores del pasado, cuando se pretende ganar elecciones con la misma fórmula que han perdido elección tras elección durante los últimos ocho años.
Por efecto de probabilidad estadística, es muy probable que Cristina Ruiz gane más municipios y distritos que los obtenidos en 2024. Sin embargo, eso no la hace mejor dirigente partidista de quienes ya se fueron, o están por irse. Ha venido a administrar la inercia de un partido que se resiste a renovarse -no generacionalmente- sino en las formas de hacer política.
Las conferencias de prensa -donde invariablemente busca la validación de la prensa como si fuese un tribunal de la justicia partidaria-, tampoco construyen la narrativa de una oposición responsable, porque muy pocos de quienes la acompañan en el gabinete han gobernado el estado o sus municipios.
Cada crítica del priísmo a los morenistas, topa con pared porque en el pasado reciente se apilaron expedientes de enorme carga negativa: gobernadores millonarios, obras abandonadas, corrupción desmedida, abusos de poder.
Y eso, como decía Alejandra del Moral, pagan justos por pecadores. Los errores del pasado pasan factura en las generaciones del presente.
La tenebra
No es que se vayan con miles de votantes; pero en política todo es percepción. Y cuando las élites de siempre dejan estar presentes, es síntoma de una descomposición más profunda.
