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El Manual de Maquiavelo 16-07-2021

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Francisco Ledesma / La sucesión no se adelanta

Conforme ha sido posible la alternancia electoral en el país, los procesos de sucesión gubernamental en distintas esferas institucionales se han anticipado como parte de la conquista del poder público, lo que en las últimas semanas ha puesto la discusión pública en los precandidatos presidenciales del partido morenista; una tradición muy distante a la ortodoxia acostumbrada en el priísmo mexiquense.

A la mitad del sexenio presidencial, Andrés Manuel López Obrador ha enumerado a una lista de aspirantes a su encargo en personajes como Claudia Sheinbaum, Marcelo Ebrard, Rocío Nahle y Tatiana Clouthier; una circunstancia impensable en la sucesión mexiquense, aun cuando la renovación de la gubernatura estatal tiene una agenda más próxima en el calendario electoral.

En la tradición del priísmo local, es importante reconocer que, el gobernador en turno puede tener un delfín político, que no necesariamente resulta el candidato ungido; pero sin importar el resultado final, todos los aspirantes guardan formas políticas, tejen fino sus vínculos con las élites gobernantes, aprovechan sus cargos públicos y posicionan su imagen mediáticamente.

En 1981, Jorge Jiménez Cantú se decantaba por Juan Monroy, pero el candidato fue Alfredo Del Mazo González. En 1993, Ignacio Pichardo favorecía el proyecto de Humberto Lira Mora, sin embargo, Emilio Chuayffet le cerró el paso desde el extinto IFE. El hankismo tropezaba de manera permanente.

En 1999, César Camacho se inclinaba por Héctor Ximénez o Jaime Vázquez, y la llamada “consulta a la base” favoreció a Arturo Montiel. En 2011, todo apuntaba a favor de Del Mazo, y la decisión final impuso a Eruviel. Seis años más tarde Del Mazo alcanzó la nominación negada con anterioridad.

La elección intermedia es apenas una antesala de quienes pudieran convertirse en precandidatos, ya sea por la obtención de cargos de elección, o bien, por sus responsabilidades en el partido o en el gobierno, que los colocan en un escaparate de candidateables.

El banderazo de salida es aún lejano, y está determinado por el quinto y penúltimo informe del mandatario en turno. En el caso de Alfredo Del Mazo restarían cerca de 15 meses para perfilar a quienes tendrían mejores condiciones de convertirse en candidato del PRI hacia las elecciones de 2023.

Del Mazo no cambiará las reglas del juego, en tanto que requiere fortalecer su gubernatura, una vez que logrado un equilibrio electoral en el terreno de los gobiernos municipales y de la próxima legislatura estatal. El priísmo requiere un gobernador sólido, que asuma el control de la candidatura en su partido.

El gobernador en turno tiene derecho de veto sobre candidatos que no considere cercanos o afines al proyecto transexenal, y eso descalifica de facto a quienes siempre le cerraron el paso al actual mandatario en 2011 y 2017.

El primer priísta del estado difícilmente reconocerá abiertamente la baraja de precandidatos a la sucesión gubernamental, y con ello evitar rupturas entre los grupos políticos que participan de la unción tricolor.

Su discurso se concentra en ambigüedades y “lugares comunes” sobre las características que requiere el abanderado priísta, y en el cual todos los precandidatos invariablemente se identifican: un hombre o una mujer con amplia trayectoria política, conocimiento del estado y una propuesta viable.

El proceso interno resulta una simulación dispuesta a elegir un candidato de unidad, propuesto por el gobernador en turno, pero que alcance los consensos necesarios de los grupos de interés -los políticos, los empresariales, los sociales y hasta los religiosos- que concita el Estado de México.

Pero una regla no escrita, y siempre cumplida es, no adelantar los tiempos; y ésta no será la excepción.

La tenebra

No importa si la caballada está flaca, o si el partido viene de una incipiente recuperación electoral, la sucesión por la gubernatura concentra tantos intereses, suficientes para sobreponerse a los peores pronósticos y a las batallas más épicas.

 

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