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El Manual de Maquiavelo

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Francisco Ledesma / El ADN priísta de AMLO

El Movimiento de Regeneración Nacional nació hace cinco años con la necesidad de aglutinar distintas expresiones políticas y liderazgos sociales, que en el corto plazo se convirtió en un partido político y en el mediano plazo alcanzó su propósito único: ganar la Presidencia de la República para el tres veces candidato, Andrés Manuel López Obrador.

Desde su creación, hubo resistencias entre los grupos que lo integraron. Al menos en el Estado de México, los autoproclamados “puros” siempre mostraron su animadversión para sumar en este esfuerzo al Grupo de Acción Política (GAP) que encabeza Higinio Martínez Miranda, y que dada la ascendencia de su círculo, ha logrado ejercer una dominancia profunda en la toma de decisiones del morenismo mexiquense.

Sin embargo, desde su origen, José Ramón López Beltrán fue un factor de unidad para apagar los incendios donde cacicazgos regionales amenazaban con fracturar antes de tiempo un movimiento que crecía en aceptación y simpatía. La petición era privilegiar el proyecto presidencial, bajo la promesa de pagar los favores políticos con posterioridad.

Ha pasado casi un año desde el triunfo electoral presidencial; López Obrador ya cumplió seis meses como presidente: Morena atestigua un comportamiento como un movimiento social; ajeno a la disciplina que exigen los partidos tradicionales en el país. Es decir, existen rupturas que ponen en riesgo la gobernabilidad de algunos alcaldes; y lo convierten en un partido vulnerable en la prospectiva electoral de mediano plazo.

De ahí, la necesidad de José Ramón López Beltrán -primogénito de Andrés Manuel- por aparecer en la escena pública y calmar los ánimos que pueden sepultar un proyecto presidencial incipiente. Y es que más allá del origen de Morena, se debe reconocer que en el ADN lopezobradorista corre la sangre priísta que exige disciplina a las decisiones de la cúpula partidista. No hay lugar para la discrepancia o las contraposiciones.

Andrés Manuel, según lo experimentado en las más recientes elecciones ya en su calidad de mandatario, opina a la distancia pero no interviene en la vida interna de Morena. Para ello dispone de operadores políticos, quienes deben tener su absoluta confianza y profunda lealtad para equilibrar las resistencias, aunque en el fondo se trate de imponer la lógica de un partido donde no existan desaveniencias ni fracturas internas.

El reto del morenaje, con base en la acción de gobierno de Andrés Manuel, es transitar de un movimiento diverso y disperso hacia un partido disciplinado y compacto. Uno de los grandes desafíos de Morena será evitar la proliferación de las tribus que terminen por convertirle en una mala copia del PRD, al que renunció a su militancia hace seis años.

Tampoco puede ser Morena un aparato ideológico o cupular, que lo pueda cambiar como modelo del panismo pero desde la izquierda.

Por su formación política, López Obrador aspira a consolidar a Morena como un partido estructuralmente parecido al priísmo, del que tanto reniega cuando se trata de acusar los errores del pasado y los lastres heredados del sexenio anterior.

De ahí, que la acción de gobierno busque territorializar entre sus clientelas los programas sociales prometidos en campaña y financiados desde la austeridad de su mandato. A dos años de las elecciones intermedias, y con el desgaste del poder público por delante, Andrés Manuel, su administración y Morena están urgidos de construir una base social.

Está claro que, en el año 2021, difícilmente el morenismo podrá aspirar a una copiosa votación de hartazgo al viejo régimen, que le arroje los más de 30 millones de sufragios que consiguió en las urnas el año pasado. Pero tampoco puede dejar su futuro electoral a una circunstancia azarosa o circunstancial.

El primogénito del presidente cometió un error de primaria: ejercer su liderazgo de forma pública y abierta, para mostrar su ascendencia entre la clase gobernante. El primer mandatario ha mandado una señal de estar en contra de las reuniones encabezadas por José Ramón que en los hechos sólo significará un cambio de estrategia por reuniones en privado para erigirse en un dirigente de facto en la entidad.

La petición será la misma: disciplina, lealtad y más disciplina y lealtad, con el propósito de darle una mayoría legislativa al presidente en la segunda mitad de su sexenio.

La tenebra

Si el PRI está en busca de un liderazgo nacional que permita resucitar una estructura resquebrajada y repudiada, resulta contradictorio apostar por un dirigente que se autonombra con diminutivos.

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