Francisco Ledesma / La rendición de cuentas por venir
La glosa del tercer informe de Delfina Gómez Álvarez pondrá esta semana a prueba al gobierno mexiquense y a la oposición. Cinco secretarios del gabinete estatal comparecerán ante el Congreso local para explicar los resultados de sus respectivas áreas, en un ejercicio que llega a la mitad del sexenio y que debería servir para algo más que el intercambio de cifras, los cuestionamientos previsibles y la defensa del trabajo realizado. A estas alturas, la administración morenista necesita acreditar qué ha cambiado y qué resultados comienzan a perfilar el legado de su gobierno.
La alternancia de 2023 abrió una etapa inédita en el Estado de México, después de casi un siglo de gobiernos priístas. Pero la ruptura electoral no garantiza, por sí misma, una transformación institucional. El balance de los primeros tres años tendrá que medirse por la capacidad para resolver problemas públicos, corregir deficiencias y consolidar políticas que sobrevivan al calendario sexenal. La expectativa ciudadana no se sostiene indefinidamente con la promesa del cambio.
En el Congreso, la oposición tendrá su propia prueba. Señalar fallas, exigir explicaciones y cuestionar el desempeño de funcionarios forma parte de su responsabilidad. Sin embargo, el desafío rumbo a 2027 será demostrar que puede construir una alternativa política, con propuestas y una agenda reconocible, más allá de la crítica al gobierno en turno. La inconformidad puede abrir espacios electorales, pero no sustituye la construcción de una opción de gobierno.
En Morena, mientras tanto, la discusión pasa por otro terreno: la capacidad para procesar sus diferencias sin convertirlas en una disputa permanente. Un ejemplo de ello, son las críticas del diputado local Octavio Martínez Vargas al desempeño de funcionarios mexiquenses, incluido el secretario de gobierno o el fiscal, que colocan sobre la mesa un asunto de congruencia política. La exigencia de resultados es legítima. Sin embargo, se exhibe una crítica selectiva o que los señalamientos terminan por desplazar la prevalencia de grupos políticos al interior del partido guinda, como si se tratara de una disputa por espacios electorales en el pleno legislativo.
En política, las formas también revelan el fondo. Cuestionar a un servidor público por su desempeño exige argumentos y elementos verificables. Las reglas pierden credibilidad cuando se invocan para unos y se relativizan para otros. Y la crítica deja de contribuir a la rendición de cuentas cuando su principal efecto es profundizar las diferencias dentro del mismo movimiento.
Morena gobierna el estado más poblado del país y se encamina a una elección intermedia que permitirá medir la continuidad de su fuerza política. Esa posición demanda algo más que cohesión electoral: exige responsabilidad en el ejercicio del poder, capacidad para corregir errores y disposición para reconocer que la unidad no significa ausencia de cuestionamientos. Un partido que aspira a conservar su predominio también debe evitar que sus diferencias internas se conviertan en un factor de desgaste.
La glosa será una oportunidad para revisar los resultados del gobierno y para observar la calidad del debate político. El gabinete delfinista tendrá que responder por los alcances y pendientes de su administración; la oposición, por la consistencia de sus cuestionamientos y la viabilidad de sus propuestas; Morena, por la forma en que conduce sus diferencias en el ejercicio del poder.
Porque a mitad del sexenio ya no basta con reivindicar la alternancia ni con atribuir los problemas a las inercias del pasado. Gobernar implica responder por el presente. Y disputar el futuro exige demostrar que se tiene algo más que reproches para ofrecer.
