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El Manual de Maquiavelo

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Francisco Ledesma / Resurge el peñismo

En política las fechas también son simbólicas. En la misma fecha en que se cumplían 18 años de la muerte del profesor Carlos Hank González; el priísmo nacional se disponía a elegir a su nuevo dirigente nacional, en medio de la orfandad presidencialista que ha padecido en tres de los últimos cuatro sexenios.

El suceso funebre de Hank, ocurrido el sábado 11 de agosto de 2001, sacudió al Grupo Atlacomulco, quien perdía a su liderazgo más emblemático. Arturo Montiel, entonces gobernador del estado, asumió una ascendencia que le permitió tomar decisiones a favor de su grupo político: repartió posiciones para los exmandatarios con vida; Del Mazo, Chuayffet, Jiménez Cantú, Pichardo y Camacho; pero sobre todo empoderó a los Golden boys que dominaron la escena pública de los siguientes quince años, aún concluido el sexenio montielista.

Ayer, el priísmo se volcó para votar a favor de Alejandro Moreno Cárdenas y Carolina Viggiano, bajo una consulta a la base carente de competencia, abultada de vicios, arropada por la cúpula que tanto critica el exgobernador campechano en lo público, pero con la que gusta de acordar y concertar en lo privado.

Bajo un discurso de un imperante resurgimiento del PRI, en los hechos podemos estar frente a un cambio generacional, pero bajo las mismas componendas y preceptos del partido fundado hace noventa años; y eventualmente, el ajuste más signficativo se encuentre en un desplazamiento del peñismo hacia el salinato que no pudo imponer a José Narro Robles como el presidente nacional.

El expresidente Carlos Salinas ha sido una pieza de decisiones en el priísmo durante los últimos treinta años. Fue quien convenció a Montiel de renunciar a su aspiración presidencial en octubre de 2005 para abrirle paso al tabasqueño Roberto Madrazo, quien paradójicamente cobijaba a Moreno Cárdenas.

En el último sexenio, el salinato estuvo presente: Claudia Ruiz Massieu y José Narro, quizá los más visibles e identificados a su causa, pero incluso algunos mexiquenses eran arropados por el exmnadatario más tecnócrata del país.

Durante el último año, en lo que parecía un acuerdo superior, Enrique Peña y Carlos Salinas cedieron el poder del PRI nacional a Claudia Ruiz Massieu, sobrina del segundo. En la víspera al proceso electoral nacional, José Narro se retiró de su puesto como investigador de la UNAM, en lo que parecía una “cargada” a favor de un exmiembro del gabinete peñista. El cambio de planes vino después.

Por razones diversas, el atlacomulquense ajustó la decisión. Eventualmente, dentro de los acuerdos del poder político con el régimen morenista que encabeza Andrés Manuel López Obrador, el peñismo determinó por sobrevivencia apoyar a Alejandro Moreno para la dirigencia nacional priísta.

Tras la famosa boda de la hija del abogado Juan Collado, donde Peña Nieto se encontró con Alfredo Del Mazo, el actual gobernador convocó a una reunión en Casa Estado para con-vencer a los mandatarios priístas de apoyar a “Alito” en su aspiración por comandar al PRI; y de paso, citaron a Narro para retirarle su apoyo previamente pactado. La ruptura se ha evitado, pero el desplazamiento ahí está.

En aquél cónclave priísta fue notoria la ausencia de la gobernadora de Sonora, Claudia Pavlovich. El exrector renunció al priísmo semanas después. Beltrones descalificó la contienda interna priísta; el mismo Manlio Fabio agraviado por el peñismo como dirigente nacional del PRI, y un operador político del salinismo desde que fue gobernador de Sonora en su sexenio, amigo personal del fallido candidato presidencial, Luis Donaldo Colosio.

Pese al triunfo abrumador de Moreno, los resultados parecen desfavorables para su fórmula en el noreste del país: Sinaloa, Sonora, Baja California y Baja California Sur, la zona de influencia de Beltrones. Mientras Emilio Gamboa, siempre presente en las decisiones del partido, hoy también está ausente.

El corolario advierte un fortalecimiento del peñismo pese a su defenestración pública, con la posibilidad de construir su propio grupo político, algo de lo que ha carecido de principio a fin en su trayectoria política.

Su poca o nula capacidad de tejer un círculo influyente le llevó a ceder a las presiones de Eruviel Ávila en 2011; así como dejar el poder mexiquense en Alfredo Del Mazo en 2017, por vínculos familiares y acuerdos políticos de territorialidad. Y llegó al extremo de ungir al expanista José Antonio Meade como candidato presidencial por consejos del canciller Videgaray.

Ayer, domingo 11 de agosto 2019, como aquel día en que falleció Hank, también hubo juego en la Bombonera de Toluca. En esta ocasión no hubo minuto de silencio previo al partido, aunque es innegable que una parte del salinismo se haya apagado. Existe la misma orfandad presidencial. El expresidente Enrique Peña se ha impuesto con Alejandro Moreno. Y es muy probable que tras 32 años de espera, un Del Mazo le haya ganado a un Salinas.

La tenebra

Alejandro Moreno ya ganó la dirigencia nacional del PRI, ahora sólo resta por saber de dónde recibirá la línea política. De algún mexiquense es casi seguro.

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