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El Manual de Maquiavelo

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Francisco Ledesma / Las renuncias de la 4T

Las pugnas al interior de cualquier gabinete son absolutamente normales. Es probable que las formas en que han dimitido, primero Germán Martínez; y posteriormente, Carlos Urzúa, no han sido las más ortodoxas, pero son parte de la sobrevivencia política de unos sobre otros. Así es la política mexicana.

En la disputa interna, ya hay quien identifica como el hombre fuerte del presidente, Andrés Manuel López Obrador, a su jefe de oficina presidencial: Alfonso Romo. Allí, está la parte radical y dogmática de la 4T, cuyo personaje tendría facultades metalegales para incidir en la designación de funcionarios en el gobierno federal y en el diseño de políticas públicas sólidas.

En la acera de enfrente, Marcelo Ebrard encabezaría al grupo moderado, aquel que apuesta por medidas de mayor mesura. Es además, hasta ahora uno de los hombres mejor posicionados y calificados del gabinete presidencial.

Para quienes buscan concentrar el debate del ejercicio de gobierno, en las bajas y las altas del gabinete, dejan de lado las rencillas de la historia reciente.

Por ejemplo, el primer gobierno de alternancia panista, puso de manifiesto una batalla de poder entre Santiago Creel y Jorge Castañeda. Ganó el primero con la renuncia del segundo. Pero Fox fue un mandatario de una impericia manifiesta en el ejercicio del poder. Su gabinetazo se desmoronó en pocos meses.

El calderonismo empoderó desde el principio a su jefe de oficina presidencial, Juan Camilo Mouriño, quien ascendió a la Secretaría de Gobernación, y tras cuya trágica muerte, el gabinete perdió rumbo y sufrió más pérdidas, producto de pugnas políticas y una violencia inexplicable: Gómez Mont y Blake Mora.

El sexenio peñista alimentó una competencia por la sucesión presidencial desde antes de asumir el poder. Luis Videgaray, se asumió líder del gabinete económico; y Osorio Chong, se erigió al frente del gabinete político. Sin embargo, el protagonismo de uno, y la indolencia del otro, les impidió llegar a su objetivo, pero su contienda generó un gabinete frágil y aislado al presidente.

Hoy, López Obrador es heredero de esas fracturas naturales de cualquier grupo político. El tabasqueño asume personalmente el costo político de renuncias -que lo han rebasado en sus decisiones de poder y su margen de maniobra-, pero al mismo tiempo manda mensajes, donde pretende imponer orden a partir de respaldar a quienes han provocado las escisiones de su equipo de trabajo.

Y mientras la discusión pública se alimenta de ese cotilleo político, que se abreva de especulación y rumor, Andrés Manuel no pierde el tiempo. Con ese ADN priísta que recorre sus venas, ha preferido dar golpes certeros a la oposición. Ahí está la detención del abogado Juan Collado, la resurrección desde la cárcel del exgobernador Javier Duarte, y la búsqueda del exmandatario César Duarte, que pretenden establecer elementos distractores de la agenda pública.

En el escenario más favorable, a López Obrador le conviene que el debate se concentre en las renuncias de un grupo político que no entiende o no quiso entender el cambio de régimen. Mientras la oposición no encuentre en su gestión pública una oportunidad para desgastar su imagen y su alta popularidad.

Hacia adelante, ya hay quien apuesta hacia las próximas renuncias al interior del gabinete lopezobradorista: Olga Sánchez Cordero, encabeza la lista por sus diferencias con algunos colaboradores de Gobernación; otros se van por Ana Gabriela Guevara por la presión al interior de la Conade; y hasta Octavio Romero, que no ha logrado generar certidumbre en la dirección de Pemex.

Mientras eso ocurre, Romo y Ebrard; junto a otros liderazgos como Monreal, Delgado, Polevnsky y Clouthier tienen la vista en la boleta presidencial de 2024, algunos por ambición personal; otros más para empujar a su grupo político.

Ese será el mayor desafío para López Obrador, que Morena no se convierta en una mala copia del PRD secuestrado por tribus; y fracturado por las ambiciones personales electorales. La prioridad establece mantenerse como un movimiento social, por encima de asumir las malas prácticas de la partidocracia mexicana.

Por desgracia, ya sea por un escenario tendencial o por la misma genética política de quienes encabezan las cúpulas del gobierno y del morenismo, sólo entienden la disputa del poder mediante parcelas políticas. Y eso, evidentemente se refleja al interior del gabinete, como antes y como ahora.

La tenebra

Si cae Lozoya, la amenaza sería para quienes le ordenaron, lo premiaron y lo protegieron. Entregar a Collado puede ser un paliativo de seis meses, con silencio garantizado y un expediente muy endeble que le permitirá libertad en el corto plazo.

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