Inicio Destacados El Manual de Maquiavelo

El Manual de Maquiavelo

263

Francisco Ledesma / El otro ritual

La Glosa del Informe de Gobierno transita por un formato acartonado, intrascendente, repetitivo, tedioso, apartado de la sociedad. Dirigido en sus formas para legitimar un diálogo entre las élites del poder político: justifica por una parte, el contrapeso que pretende erigirse desde el Poder Legislativo; y del otro lado, sólo redunda las cifras que contienen los tomos de la versión oficial.

Sin embargo, previo, durante y posterior a la comparecencia, existe un ritual altamente simbólico entre los secretarios que enfrentan la presión política y deben hacer uso de sus capacidades o limitaciones discursivas.

A lo largo de las últimas dos semanas, hemos visto desfilar a doce secretarios bajo las mismas formas aduladoras, a pesar de la teatralidad y la estridencia que han marcado algunas comparecencias para atraer el reflector mediático.

El “otro ritual” se inserta en las lealtades políticas que acumulan las élites del poder público. Secretarios reúnen a sus equipos de trabajo: subsecretarios, coordinadores, directores generales y otros mandos superiores, impuestos en su círculo por otros grupos políticos, pero que cierran filas en torno al compareciente para sortear las irrupciones e interpelaciones de la oposición.

Días antes, acumulan las cifras que pueden justificar el trabajo de los últimos doce meses. Arrastran el lápiz, para en privado, reconocer cuáles podrían ser las mayores críticas de los legisladores. Ahí mismo, se preparan las respuestas que el secretario puede justificar, y cuáles interrogantes será mejor ignorar u omitir.

Un apilado de carpetas, expedientes y diapositivas pasan por el escritorio de los asesores del secretario. Su verdadero círculo cercano aprieta al resto del equipo con las cifras, los datos y los argumentos que consideran hace falta.

El día de la comparecencia, todo el séquito de la alta burocracia se reúne con anticipación en la Legislatura local. Algunos esperan afuera para arropar a su jefe político. La mayoría se agrupa en uno de los salones del Poder Legislativo, intentan desestresarse, bromean, se abrazan y aguardan su turno.

Al arribo del compareciente, las élites del poder público aplauden, apoyan y alientan su arribo ante el pleno o las comisiones legislativas. Pasa a un segundo plano el origen o vínculo político de quienes ahí se concentran.

En la víspera, un puñado de diputados da la bienvenida al compareciente, como preámbulo a un espectáculo de 150 minutos que llama la atención de muy pocos, y que tendrá momentos de aspereza política con muchos rasgos de simulación. Los legisladores -incluidos los de oposición-, aprovechan ese espacio en privado, para sostener un trato cordial, generoso y hasta complaciente.

La comparecencia es discordante. Pasa de las cifras alegres hasta las acusaciones más agudas. Se inunda por diputados que tropiezan en su lectura o causan la risa unísona por sus ocurrencias y hasta su ignorancia. El secretario sortea como un toro de lidia a sus interlocutores con la ayuda de las tarjetas, las carpetas, las diapositivas y los datos preparados con antelación.

Las élites políticas, al que debe llamar su “equipo de trabajo”, se mantiene atento, silencioso, discreto, compacto, gesticulante, altivo y arrogante. Pese a los estruendos de la oposición, el priísmo detenta la máxima estructura del poder político en el estado de mayor importancia poblacional y presupuestalmente.

Concluida la faena, falta poco para que el secretario salga en hombros, pese a la discrepancia entre lo que dicen las cifras oficiales y lo que padece la gente en las calles, ya sea por inseguridad, salud, educación, marginación y desempleo.

El puñado de diputados vuelve al arropo. Aprovecha la despedida para destrabar algún pendiente político y hasta personal. A la salida del salón de sesiones viene la fotografía del recuerdo, y hasta una entrevista con reporteros de la fuente.

Mientras eso ocurre al interior del Poder Legislativo. El equipo de trabajo ya se ha acomodado afuera del inmueble. Las élites políticas conforman dos filas, a manera de valla, para recibir al secretario como quinceañera.

Los mandos medios y superiores prácticamente han tenido un día de asueto, luego de largas jornadas de alistar la comparecencia. Han remplazado la agenda laboral por la jornada legislativa. La oficina podrá esperar al día siguiente.

A la salida: los aplausos, las porras, los vítores y los abrazos. Sólo hacen falta las serpentinas y la champaña para celebrar un triunfo del “equipo de trabajo”, pero sobre todo mostrar lealtad con el jefe político en turno.

Esa es la clase gobernante de ayer, de hoy y de mañana. Los grupos políticos que reconocen el momento de cerrar filas pese a sus diferencias y sus distancias, aun cuando son parte del mismo origen partidista.

El secretario en turno asume que no es dueño absoluto de sus parcelas políticas, y aunque le impongan a la mitad de sus colaboradores por las componendas del poder, las complicidades y los compromisos de grupo están por encima de cualquier división. Quizá por eso, pese a la alternancia de los gobiernos, en el Estado de México el poder político se mantiene intacto.

La semana próxima vendrán otros secretarios, con otros grupos políticos, pero el otro ritual será el mismo.

La tenebra

Y de los secretarios del gabinete, ¿cuántos forman parte del grupo político que está en el poder público?

 

Comentarios

comentarios