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El Manual de Maquiavelo 09-07-2021

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Francisco Ledesma / Atlacomulco, cierra el paso al centralismo

En el cuarto año de su mandato, los gobernadores mexiquenses alcanzan la cúspide del poder político, para alistar la sucesión de su despacho a favor de su partido, y particularmente generar condiciones propias que les permita trascender políticamente, a través de un nuevo cargo de elección popular.

En la etapa sucesoria, el priísmo mexiquense ha mantenido con recelo la decisión al consenso de los grupos políticos locales, mediante un cierre de filas que ha segregado de la definición al otrora poder central del presidencialismo.

En esa suerte, hace veinticinco años, el interinato de César Camacho Quiroz tomó el control político del priísmo local. Los grupos de interés cerraron el paso a Carlos Rojas, y mediante una consulta a la base resultó candidato Arturo Montiel -con el arropo de Carlos Hank-.

Tras retener la gubernatura para el PRI, Camacho alistó su proyecto personal, y se convirtió en candidato a senador. Pese a la derrota electoral del año 2000, el exalcalde de Metepec ingresó a la Cámara Alta como primera minoría.

Hacia 2003, Montiel delineó la sucesión a favor de su delfín político, Enrique Peña Nieto, a quien legitimó como candidato por consenso de los exgobernadores en pleno, y con ello evitar la intromisión de la dirigencia nacional encabezada por Roberto Madrazo. La candidatura fallida de Carlos Hank Rhon, sólo favoreció las componendas con el poder económico.

Concluido su sexenio, Montiel emprendió la aventura presidencial para enfrentar en un proceso interno a Madrazo. La evolución de su riqueza patrimonial terminó por eliminarlo de la contienda, con una obligada defenestración política y exilio personal durante el sexenio peñista.

Para 2009, Enrique Peña abrió la baraja interna con al menos cinco precandidatos. Bajo el amago de la alianza opositora, se decantó a favor de Eruviel Ávila como abanderado tricolor. Sin mayores resistencias, recibió el apoyo de la dirigente nacional, Beatriz Paredes, a quien el priísmo mexiquense había cobijado un par de ocasiones para presidir al partido.

Resuelta la sucesión con una abrumadora votación a favor del PRI, Peña Nieto consiguió la nominación como candidato presidencial, hasta preparar el camino que lo llevó a Los Pinos, el sueño más preciado del Grupo Atlacomulco.

Hace apenas seis años, Eruviel Ávila pretendió imponer condiciones para su grupo político, sin embargo, la connivencia de los exgobernadores definió la sucesión a favor del actual mandatario, Alfredo Del Mazo Maza. Marginado de las definiciones, Ávila garantizó su candidatura al Senado de la República en la lista de plurinominales, para evitarle el riesgo de la derrota en las urnas.

A la distancia, Alfredo Del Mazo ha convocado a los exgobernadores para alistar el ritual sucesorio, y cerrarle el paso a la pretensión centralista de Alejandro Moreno de incidir en la candidatura del Estado de México.

Desde ahora, los más cercanos al dirigente nacional priísta ya son estigmatizados por las élites políticas locales, mientras la baraja de precandidatos se abre paso entre quienes tengan los mayores consensos con los exgobernadores, pero particularmente a la lealtad del mandatario actual.

Del Mazo acaricia también su proyecto personal, alejado del sueño presidencial, si de lo que se trata es garantizar su vigencia en la vida política concluido su sexenio, con la posibilidad de hacer antesala en el Senado de la República, antes que enfrentarse a una inexorable derrota en el 2024.

La tenebra

La permanencia de Alejandro Moreno puede estar garantizada al frente del PRI nacional. Lo cierto es, la pérdida de apoyo político tras la derrota electoral de junio pasado, pues el único cobijo que ha recibido es de quienes regaló diputaciones, mientras los gobernadores le han obsequiado silencio y omisión.

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