Francisco Ledesma / Delfina Gómez transita de lo deseable hacia lo posible
Delfina Gómez ha transitado la primera mitad del sexenio de la alternancia política en el Estado de México. Por ahora, en un ejercicio de autocrítica asume que las promesas y las expectativas generadas en su campaña electoral resultan insatisfechas. Quizá porque el aparato burocrático no es sencillo de transformar, otras más porque la curva de aprendizaje ha resultado costosa políticamente, unas más por inviabilidad presupuestal para su ejecución, y están aquellas en las que fata incluso voluntad política para alcanzar lo prometido.
Prometer no empobrece manifiesta una premisa político electoral. Pero una condición compleja resulta asumir el poder público, y reconocer que muchas de las promesas de una campaña transitan por modificar leyes, romper inercias y reconstruir vicios de poder que llevan años en la administración pública. Incluso, la prevalencia de gran parte de la estructura priísta ha sido cuestionada por su propio movimiento, pero ha sido parte de mantener una estabilidad política.
El gobierno delfinista también ha padecido, en diversas áreas, que la toma de decisiones para llevar a cabo acciones, obras y programas implica el cumplimiento de procesos administrativos. Y desde el interior, se reconoce que perfiles de funcionarios públicos, han carecido de la experiencia suficiente para hacer su trabajo, lo que ha derivado en trámites suspendidos, contratos otorgados a destiempo, subejercicios presupuestales y un largo etcétera, que tiene como consecuencia la inoperancia de algunas secretarías.
El principal impedimento de un gobierno siempre será su limitación financiera. No hay presupuesto que alcance. La campaña definista proyectó acciones que al momento de convertirse en gobierno ha sido imposible atender porque la capacidad administrativa resulta escasa. Y así, muchas de esas promesas quedarán en el tintero de lo inviable para lo que resta del sexenio.
Finalmente, habrá otras promesas en donde hace falta voluntad para atenderlas. Ya instalados en el poder, se analizan costos políticos, y se determina que las cosas se mantengan como están, aun cuando esa toma de decisiones implique ir en contra de la ideología política o de las proyecciones de la campaña electoral.
Más allá de las evaluaciones internas, esas que marcan los indicadores en el cumplimiento de resultados y la eficacia de políticas públicas, y por encima de las evaluaciones externas, donde se refleja la aprobación de la gobernadora en turno, es inevitable el desgaste de poder para el estado más poblado del país.
Por ahora, el gobierno delfinista ha entrado en la etapa de consolidación de su mandato, lo que implica fortalecer aquellas áreas que le resultan favorables en la percepción pública de su gobierno; visualizar hacia el futuro la prevalencia de su grupo político una vez que concluya su sexenio; y garantizar que el proceso sucesorio le garantice que el “séptimo año” de gobierno no se convierta en un problema para quien entrega el poder, sea o no de su partido político.
Lo cierto es que, a tres años de distancia, Delfina Gómez ha enfrentado un escenario altamente favorable, porque no ha tenido que sortear como sus más recientes antecesores pandemias o sismos que colapsen su gobierno; ha gobernado en plena hegemonía política con una legislatura y un gran número de ayuntamientos afines a su movimiento. Ha tenido, digamos, un día de campo.
Si acaso las mayores resistencias, los desafíos y los obstáculos de su mandato han venido desde el “fuego amigo” que ha derivado en un gabinete que no necesariamente camina de forma compacta, ni con el mismo grado de responsabilidad para cumplir con las expectativas sociales.
Hacia adelante, ya también se van acabando los pretextos, y es momento de que ese cierre de caja se convierta en el cumplimiento o no de lo prometido en campaña.
