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El Manual de Maquiavelo

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Francisco Ledesma / La dinastocracia mexiquense

Las élites políticas son una minoría que, sexenio tras sexenio, concentran la toma de decisiones del poder público, más allá de las revueltas electorales, las pugnas ideológicas y las alternancias políticas. En esencia, las familias son apenas uno de esos entornos organizativos y no organizativos que posibilitan, pero sobre todo, facilitan el acceso al poder, y el ascenso en el escalafón de las estructuras partidistas y del servicio público. Ahí definen grupos de liderazgo.

En las últimas semanas, hemos presenciado un reajuste en el gabinete Alfredo Del Mazo vinculado a las componendas del poder. El mandatario estatal distingue que ha cumplido con algunos compromisos políticos que ya pueden ser removidos; y en contraparte, acelera los ajustes de su círculo cercano para pagar otras facturas pendientes, de quienes ya deben sumarse al equipo.

Sin embargo, el gobernador no abandona la tradición política de arropar a los grupos dinásticos, esas minorías compactas, que le llevaron a la gubernatura y que -en teoría- otorgan en tiempo y espacio estabilidad en el ejercicio del poder.

En los cambios y nombramientos, Del Mazo también anticipa hacia dónde pretende compartir parcelas de poder del Estado de México: el peñismo. Y con la misma toma de decisiones, establece distanciamientos, marca pugnas entre las propias élites que en corto tiempo han perdido incidencia: el eruvielismo.

Desde el ejercicio público, la clase gobernante es inundada por la seducción de pretender heredar su poder político. Aunque alejada de una monarquía, la democracia mexicana diseña desde las instituciones públicas, las acciones legitimadoras para que los primos, hermanos, hijos y sobrinos, puedan detentar de generación en generación, los cargos públicos entre sus familiares.

Los ajustes al gabinete delmacista difícilmente lo definen los méritos personales o los perfiles profesionales. Aquí, como antes, se privilegia la relación de amistad, académica, empresarial, y muy en lo particular, la familiar. Las dinastías asumen el ejercicio del poder como una actividad gerencial que puede ejercerse por herencia, y como parte de una clase única y privilegiada.

Las designaciones, a cuentagotas, ejercidas por Del Mazo parte de una definición crucial: ampliar su horizonte en la conformación de su grupo político; y una planeación estratégica para recomponer y reconstruir a las élites agraviadas por la derrota que sufrieron en las urnas, y que pretenden revertir a partir de imponer a quienes ayer perdieron, como políticos redentores del gobierno.

Sin embargo, las decisiones asumidas estuvieron (y estarán) por encima de una evaluación de quienes ya se fueron con la renuncia obligada (es decir, si realmente eran esos los remplazos necesarios); ni mucho menos transitó por una valoración de perfiles de quienes llegan, sino la determinación por integrar a quienes supuestamente representan una cuota de poder del grupo gobernante.

Alfredo, sigue los pasos de su padre, y ha decidido agruparse con Alfredo Baranda, hijo del exgobernador del mismo nombre, a quien el padre del actual mandatario le heredó su despacho. El círculo cercano, incluye además, desde la semana pasada a Andrés Massieu Fernández, hijo del exsecretario particular del expresidente, Carlos Salinas. Y detrás los Sámano, los Ximénez y los Quintana.

El déjà vu es inevitable. La memoria conlleva a los excesos de siempre, al influyentismo como herramienta para adelantarse a los demás, al predominio de la clase gobernante, al conflicto de interés como una investidura política, al amplio margen de maniobra que ejerce un gobernador para poner y descomponer. El priísmo que tanto repudio generó en las urnas en julio pasado, repitiendo los esquemas, las prácticas, y también los nombres de siempre.

Más allá de los nombres que se van y los nombres que súbitamente llegan, Del Mazo enfrenta una ignominia en el ejercicio del poder. Son escasas las situaciones que lo distinguen como mandatario.

Hasta ahora, ha sido incapaz de mostrar su estilo para gobernar, las condiciones y las acciones para hacerse sentir, por encima de las componendas del poder, y las horrendas comparaciones con sus antecesores que hoy viven en la defenestración, el repudio y el ostracismo de los mexiquenses.

La tenebra

Las dinastías siempre se imponen. A veces le prestan el poder público a hijos de repartidores de cerveza o hijos de vidrieros, pero las élites políticas se repliegan, se reagrupan y regresan a su origen: la herencia del poder. La clase gobernante hoy está más vigente y firme, pese a la debacle de su partido, y pese a la pugna por un cambio de régimen. El Grupo Atlacomulco prevalece en la memoria, en las familias, y claro está, en la plenitud del ejercicio del poder.

 

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