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EDITORIAL (29-01-2018)

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Higinio Martínez. El camaleón político.

Conforme se conocen las candidaturas de los partidos políticos a senadores, diputados federales y locales, y alcaldes, se va develando una realidad que parece incólume en la práctica común de todos: una clase gobernante que brinca de un cargo a otro, y que deja inconcluso su actual desempeño.

En esta lógica, ningún partido o coalición se salva. La élite política asume que los gobernantes que han salido triunfantes de una elección acumulan una base social suficiente para contender en otros comicios. Lo cierto es que la tendencia permanente es que la clase gobernante se enquista durante años, pasando de un cargo en otro, y en el extremo, de un partido a otro durante lustros.

El caso más extremo se asoma con la candidatura del exdirigente nacional del PRI, César Camacho Quiroz, quien fue gobernador interino del Estado de México, pero que por vía de la elección ha sido alcalde de Metepec, senador de primera minoría, diputado federal en dos ocasiones por la vía plurinominal, y en julio próximo irá otra vez a las urnas en buscar de un escaño senatorial.

Otro caso emblemático es Higinio Martínez, senador, diputado local y alcalde de Texcoco por el PRD entre 1997 y 2006. Tres años más tarde fue legislador local por Movimiento Ciudadano; y actualmente es otra vez alcalde de Texcoco, pero ahora por el Movimiento de Regeneración Nacional. En julio próximo, apuesta a convertirse en senador por el Morena que lidera Andrés Manuel López Obrador.

Otra condicionante de las candidaturas que ya se reparten entre los diversos partidos y coaliciones, mantienen un favoritismo hacia las mismas familias. La dinastocracia impera como una circunstancia natura en la selección de candidatos. La élite ejerce su propia naturaleza, en razón de que una minoría organizada -identificada como la clase gobernante- mantenga la hegemonía sobre la mayoría desorganizada: la militancia y el electorado.

Ahí sobran los ejemplos: Carolina Monroy del Mazo, José Ozuna, Carolina Guevara, Abel Domínguez, Ivett Bernal Casique, Olga Esquivel, Perla Monroy, Sue Ellen Bernal, Lilia Urbina Salazar, Adolfo Solís, entre otros.

Hasta ahora la reelección parece no encontrar una justificación legítima, pues aun cuando 44 alcaldes y una decena de diputados locales buscan repetir en el cargo, como parte de consolidar proyectos o profesionalizar su función; una cifra similar de todos los partidos, ya piensa en brincar a otro puesto.

La ecuación parece ser la misma para ambos casos: aprovechar su bono político o su maquinaria electoral para conservar los bastiones de votantes en sus respectivas zonas de influencia; además de generar los equilibrios en el reparto de candidaturas entre los distintos grupos de interés político y económico.

En todos los partidos imperan condiciones semejantes, al carecer de una democracia interna, que cede su espacio a las designaciones e imposiciones de líderes mesiánicos. Una fórmula priísta tan criticada como replicada en la oposición, sin importar su postura ideológica o su antigüedad fundacional.

Es en esas prácticas de imposición y de conservación del poder para la clase gobernante de siempre, en donde se concentra el hartazgo social y el rechazo ciudadano a las elecciones, a los partidos políticos y a sus candidatos.

Mientras la clase gobernante simula que cambia todo para que todo permanezca igual, en beneficio de una minoría y una mayoría excluida de la toma de decisiones, disfrazada de una democracia en el reparto del ejercicio del poder.

 

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