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EDITORIAL (26-11-2018)

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Arranca la última semana de gobierno, del sexenio encabezado por Enrique Peña Nieto, con un mandato estigmatizado por la corrupción y la frivolidad. A pesar de que hace seis años, el atlacomulquense asumió la Presidencia de la República en medio de una alta legitimidad, en tan sólo dos años el peñismo perdió la brújula y sin capacidad para comunicar sucumbió frente a sus opositores.

Todavía se recuerdan los primeros 24 meses de su mandato, caracterizado por el Pacto por México, que había logrado concitar consensos en torno a 14 reformas estructurales. Ahí, se decantó la aprobación de su proyecto de gobierno en materia laboral, educativa, energética, telecomunicaciones y otras. La gestión peñista buscó de forma permanente promover las reformas como un cambio de paradigma en el funcionamiento gubernamental, pero que en muy poco tiempo agotó la paciencia, la expectativa y el bono político del propio Peña Nieto.

Luego vinieron los escándalos y las irrupciones sociales de su mandato. La desaparición de 43 estudiantes normalistas de Ayotzinapa y la exhibición de la Casa Blanca en un acentuado conflicto de interés, marcaron el principio del fin de su legitimidad. Y por parte del gabinete peñista, apostaron al olvido como un mecanismo de  atención a las crisis, carentes de una autocrítica y responsables de una arrogancia institucional que lastimó a diversos sectores sociales.

En adelante, el peñismo parece haber extraviado la capacidad de asombro. Planteó como combate a la corrupción el encarcelamiento de exgobernadores priístas: Duarte, Borge, Yarrington y Hernández, lo que cimbró las estructuras priístas pero no mejoró la percepción social. Se rebasó la capacidad de complacencia con los secretarios acusados de desfalcos; y aunque cayeron Benítez y Korenfeld por abusos y excesos; permanecieron para siempre Ruiz Esparza y Rosario Robles pese a su descrédito en la opinión pública.

El peñismo se despide en una incapacidad por comunicar los logros que se atribuyen; y frente a la imposibilidad de asumir lo mucho que se equivocaron.

La única victoria que puede atribuirse Peña Nieto es la gubernatura mexiquense, donde logró la prevalencia del priísmo en su tierra natal, y el triunfo electoral de Alfredo Del Mazo. Su capacidad como operador electoral logró su cometido, y aquí tendrá su refugio personal y político.

En contraparte, la elección presidencial de julio pasado -a seis años de distancia de su triunfo- fue un absoluto desastre para su partido. Con un candidato ajeno a la militancia, enfrentó el peor resultado en las urnas, aun cuando siempre se presumieron las virtudes de operación electoral del presidente mexicano.

En la etapa de transición, Enrique Peña advierte un guiño por parte de López Obrador, que evoca a un pacto de impunidad para el presidente y los suyos. De uno y de otro lado, han contribuido a generar una transición tersa, genuina y sin estridencias de parte de quien siempre criticó al actual régimen político.

La cuenta regresiva es inevitable. De momento, Peña Nieto pasará a la historia por su incapacidad para comunicar y la imposibilidad por asumir una autocrítica en su mandato. Y en esa circunstancia de ida y vuelta, se hace notar también como un gobierno corrupto, insensible y fallido, que nada resolvió con las reformas estructurales, las cuales por cierto, podrían revertirse en los próximos meses, sobre todo aquellas que tengan un aspecto neoliberal indeseable para el presidente electo.

Y entonces, el legado del peñismo, serán los aspectos negativos de la memoria colectiva: Ayotzinapa, Nochixtlán, Tlatlaya y nada más.

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