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EDITORIAL (11-03-2019)

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A 100 días de iniciado el gobierno de Andrés Manuel López Obrador, el Estado de México se ha enfrentado a una realidad política inusitada, marcada por una profunda colaboración del mandato Alfredo Del Mazo Maza, que por momentos pone de manifiesto una perniciosa componenda del poder entre el primer presidente morenista del país, y el gobernador mexiquense priísta.

Desde muy temprano, cuando López Obrador había determinado cancelar el aeropuerto de Texcoco -y ejecutó la maniobra de realizar una consulta ciudadana para legitimar su decisión-; Del Mazo optó por estar ajeno del ejercicio morenista, se desmarcó del gobierno peñista, y avaló el proyecto aeroportuario del centro del país que habrá de conducir a una modernización de la terminal aérea en Toluca; y la ampliación de la base aérea de Santa Lucía, que también se ubica en terrenos de la entidad, particularmente en Tecámac.

Ya en el ejercicio de su gobierno, López Obrador ha decidido por tener al Estado de México como una de sus sedes alternas para anunciar, ejecutar o peregrinar en su naciente administración. Del Mazo ha acompañado a Andrés Manuel, una y otra vez, para tocar las bases sociales y respaldar a un gobierno distinto a su militancia, pero que se ha convertido en apalancamiento de su capital político.

En los momentos más aciagos del nuevo gobierno, colapsado por un pronunciado desabastecimiento de combustibles a principios del año, Alfredo no entró en pánico ni lanzó furtivos ataques políticos. Fue paciente con el discurso y las acciones de López Obrador. Sólo puso de manifiesto en dos ocasiones, la urgencia por regularizar el abasto en el Valle de Toluca, y hasta en tanto se normalizó la situación, Del Mazo fue cauteloso y disciplinado con Andrés Manuel.

Todavía en plena crisis por las gasolinas, Alfredo y Andrés Manuel visitaron Acambay e Ixtlahuaca para pronunciar su lucha contra el huachicoleo. La gira estuvo marcada por una fotografía entre el presidente y el gobernador mientras comían juntos en Atlacomulco, la cuna del grupo político priísta hegemónico.

En cada oportunidad, Del Mazo lanza un guiño a Andrés Manuel. En Tlalnepantla, López Obrador inauguró el programa de ninis. Luego en Valle de Chalco dio el banderazo para apoyos a adultos mayores. Y más recientemente, en Tejupilco, entregaron becas para jóvenes y anunciaron una Universidad para el sur del Estado. Actúan tan juntos y coordinados, que desconciertan a sus huestes, y parecen del mismo partido, del mismo gobierno y del mismo proyecto.

En una defensa política acendrada, en la acción más reciente, Alfredo Del Mazo salió al paso de la Guardia Nacional impulsada por López Obrador, e hizo lo necesario para que sus diputados federales, y su único senador, votaran sin cortapisas y sin resistencias el nuevo órgano de seguridad. Ahí, Alfredo dio muestra de su voluntad política para colaborar con Andrés Manuel mientras le sea útil política y electoralmente, y viceversa.

En 100 días, Del Mazo sabe lo que es andar sin tener que dar cuentas de cada paso y de cada decisión a Los Pinos, pero obligado por la circunstancia política, de mayoría morenista en la legislatura estatal y los municipios, ha dispuesto de colaborar lo que sea necesario para garantizar la gobernabilidad de su mandato.

Hoy, Del Mazo se siente más libre que hace un año con un mexiquense en Palacio Nacional, pero asume que su realidad política no puede oponerse a todo, y que hasta para la confrontación hay tiempos y circunstancias. Aquí, pese a abucheos, rechazos y resistencias, Andrés Manuel tendrá un aliado por algunos meses, hasta que las elecciones intermedias asomen su proximidad.

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