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Distopías//Hasta luego…

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Tania Contreras

Platiqué con ella, fue esporádico, corto pero preciso. También fue un encuentro casual, cuando colgué el teléfono y di la vuelta ahí estaba, con la sonrisa irónica de siempre y un semblante de esperanza que nunca había notado en su rostro. Nos saludamos con la mirada, después de tantos años de no vernos las palabras sobraron, incluso pensar en un abrazo sonó rebasado. Entre las dos corría un aire gélido que hacía notar la distancia, ese vacío que separaba su existencia de la mía pero que de alguna forma conectaba nuestras esencias y me hacía sentir tan cómoda que simplemente solté una lágrima; la solté como cuando sueltas una cuerda que lacera tus manos por la tensión pero que debes sujetar para evitar una tragedia en el otro extremo, con esa sensación de liberación y arrepentimiento inmediato; así resbaló la lágrima por mi mejilla, seguida por cientos de gotas que no supe cómo frenar y mojaron incluso mis senos; escurría entre mis pechos un hilo de agua salada que fue absorbida por el resorte del sostén. Y ella ahí, inmóvil sin dejar de sonreír, mirando con atención los gestos de mi cuerpo me extendió los brazo, dudé. Un segundo después aventé las tijeras que tenía en la mano, sacudí la cabeza, levanté la vista pero ya se había marchado.

Una sensación de miedo invadía su cuerpo; los nervios, los temblores, la boca seca y ese dolor que pasaba de lo emocional a lo físico e irrumpía en el pecho, la necesidad de respirar profundamente, tan profundo como fuera necesario y tan prolongado como para contenerse a sí misma. Encendió un cigarro y lo llevó lentamente hasta los labios irritados por las mordeduras que continuamente se propinaba a sí misma; las uñas roídas estaban rodeadas por la carne al rojo vivo que dejaba al descubierto la piel arrancada de forma involuntaria y que dejaban al descubierto lo mal que la pasaba últimamente. Un sorbo de vino y el sonido del vidrio al impactar el piso después, la mantuvieron petrificada por segundos; tragó el líquido ácido al momento que cerró los ojos, solo para repetir en su mente la silueta roja que se dibujó sobre la alfombra. Nunca más despertó.

“No lo hice por escapar, mucho menos por hacerte saber lo difícil de mi situación; no pienses que fue en venganza, simplemente no encontré la forma de detener mi dolor”.

Siempre es cuestión de tiempo, todo es cuestión de tiempo. Un día despiertas, es un día común, rutinario para todos; sin embargo, al llegar a casa te tomas un minuto antes de entrar, evalúas las posibles situaciones que estarán detrás de la puerta e imaginas tontamente como reaccionarás. De qué forma lo habrá intentado esta vez; tendrás que recoger su cuerpo de la cama; limpiar la sangre del piso; descolgarlo como si se tratara de un muñeco. Cuando al final concentraste todas tus fuerzas para abrir la puerta te recibe con un-buenas noches-.

Hoy después de mucho tiempo volví a pensar en el suicidio, esta vez fue más claro. En ocasiones pasadas lo pensaba por días, solo como una posibilidad que volaba entre un cielo lleno de figuras geométricas que representaban a otras posibilidades. Hoy no lo tenía considerado como una posibilidad y así, como un destelló apareció en mi mente. En ella se consumó, ya que trabaja más rápido que mis manos o quizá la poca lucidez me hizo titubear. No negaré que mi brazo pudo sentir el filo del cuchillo entrando en forma paralela a la vena, y nuevamente en mi mente ese acto de amor alcanzó el orgasmo. Pero el cuchillo estaba ahí, inmóvil sobre la mesa, casi sonriendo, casi escondiéndose, casi tomando vida propia entre la disyuntiva de saltar a mis manos o salir corriendo. Fue un sueño fugaz que me dejó la sensación de ser real.-¿Harías por mi algo que no quieres hacer? Amarme por ejemplo.

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