Morena supura

Arturo Huicochea / Vida Pública

Los regímenes políticos no suelen morir de repente. Antes supuran. El tejido se inflama, la infección avanza, los órganos dejan de coordinarse y aquello que todavía se mueve ya no vive: apenas reacciona. Eso parece hoy Morena: no una fuerza en dificultades pasajeras, sino un cuerpo de poder que acusa necrosis; una bestia resentida que, al saberse herida de muerte, se vuelve más imprevisible, más torpe y más peligrosa.

Conviene decirlo con rigor: no toda derrota parcial anuncia un derrumbe, ni toda crisis equivale a una agonía. Pero tampoco toda agonía se presenta con estruendo. A veces se manifiesta como descontrol, incertidumbre y contradicción. Y eso es justamente lo que exhiben las últimas horas. Morena no atraviesa una simple crisis de gobierno. Se asoma al desfiladero. Los síntomas ya no son aislados. Son sistémicos.

En 2018, el régimen nació con una legitimidad formidable. No sólo ganó una elección; encarnó una promesa histórica. Capitalizó el cansancio frente a la corrupción, la desigualdad, la violencia, la impunidad y la frivolidad del poder. Ofreció regeneración moral, austeridad republicana, primacía de los pobres, combate a los privilegios y una nueva ética pública. Su fuerza no era sólo electoral: era emocional, moral y simbólica.

Pero la legitimidad, como advirtieron Weber, Easton y Lipset, no se conserva por aclamación retrospectiva. Un régimen permanece cuando convierte su victoria en orden justo, eficacia pública y horizonte de futuro. Morena hizo lo contrario: confundió mayoría con verdad, popularidad con razón de Estado y propaganda con realidad. Dilapidó la esperanza inicial en cinco grandes frentes.

Primero, por dispendio. La austeridad fue consigna para unos y excepción para el poder. Se recortó donde dolía y se gastó sin límite donde convenía al relato. Segundo, por incapacidad. El gobierno prometió transformar y muchas veces apenas administró el deterioro; desmanteló capacidades institucionales sin construir sustitutos mejores. Tercero, por deshonestidad. La condena moral de ayer cedió el paso a la indulgencia facciosa de hoy: la corrupción dejó de ser intolerable cuando llevaba colores guindas. Cuarto, por demagogia. El discurso de redención popular degeneró en simplificación, polarización y culto a una superioridad moral autoproclamada. Quinto, por traición: a la gente, porque no se le cumplió lo prometido; y a la República, porque se debilitaron contrapesos, se despreciaron límites y se trató a las instituciones como estorbos.

Eso explica por qué el régimen perdió no sólo legitimidad de ejercicio, sino también legitimidad de futuro. Un poder puede sobrevivir a sus errores si conserva confianza en el mañana. Morena empieza a perder incluso eso. Ya no ilusiona: administra inercias. Ya no convence: intimida. Ya no explica: descalifica. Ya no cohesiona: se descompone.

Por eso el peligro aumenta. Un régimen que se sabe declinante suele radicalizar sus reflejos. La violencia política, el uso de la fuerza del Estado, la persecución disfrazada de justicia, el despilfarro del ahorro nacional y la huida hacia delante mediante deuda y liquidez no son respuestas de fortaleza: son tentaciones de un poder en fase degenerativa.

Morena supura porque el tejido profundo de su legitimidad está muerto. Y cuando un régimen entra en putrefacción, no sólo cae: antes contamina. Ésa es la advertencia. No estamos frente a una mala racha. Estamos ante la proximidad de un abismo. Y lo más grave no es la caída de Morena, sino el daño que puede provocar mientras se despeña.

@HuicocheaAlanis

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