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Toluca, Edomex. 12 de febrero de 2019.- Ayer, el gobernador Alfredo del Mazo entregó instalaciones de una preparatoria de la Universidad Autónoma del Estado de México bajo el nombre del exgobernador Ignacio Pichardo. En los próximos días, se oficializará que los exmandatarios perderán sus “privilegios” de personal de ayudantía asignado, pero se resisten a ser desplazados del culto a la personalidad. Hace unos tres años, el expresidente Enrique Peña también inauguró un puente vehicular en Metepec que bautizó con la insignia de Nacho Pichardo. Tal parece que la clase gobernante le rinde un homenaje en vida.

Han sido tanto los excesos de las élites políticas por inmortalizar su egocentrismo, que se ha llegado a la inusitada circunstancia de poner el nombre del mandatario en turno. Basta recordar la recta final del sexenio montielista, cuando el entonces gobernador soñaba con ser presidente de México, cuando el nombre del atlacomulquense empezó a aparecer en obras de infraestructura, incluido el Centro Médico Issemym; y esa ambición que todo lo puede, alcanzó para bautizar un hospital de Atlacomulco como su cónyuge, la francesa, Maude Versini.

Lo que se puede advertir es que, Ignacio Pichardo será de los últimos gobernadores mexiquenses que tenga su nombre inscrito en calles, hospitales, escuelas y otras tantas excusas de edificios públicos. Quizá, a propósito de su reciente deceso de su padre, el exgobernador Alfredo del Mazo González, algunas de las obras de esta administración tengan la posibilidad de que sean nombradas como el exmandatario. Pero difícilmente alguien en su sano juicio, pondría el nombre de Arturo Montiel en algún inmueble gubernamental, dada la resistencia que produce la simple mención del exaspirante presidencial.

En plena debacle priísta, no es recomendable que el nombre de Enrique Peña Nieto, el expresidente más repudiado de la historia reciente aparezca en algún hospital o en alguna escuela sólo por la cercanía con actual mandatario estatal. Ni por asomo el gobernador Del Mazo pondría Eruviel Ávila a la más insignificante obra de su sexenio, ni porque fuera inaugurada en Ecatepec, cuando lo que ha hecho la actual administración es borrar cualquier rastro del senador priísta, incluido el desplazamiento de su grupo político de todo espacio en su gabinete.

De paso, ya encarrerado el ratón, el actual rector Alfredo Barrera Baca debería borrar del espectro universitario esa mala costumbre heredada por sus antecesores de entregar doctorados Honoris Causa a impresentables personajes de la clase gobernante. Para la comunidad universitaria dedicada a la investigación, la docencia y la autonomía, resulta vergonzoso recordar aquellos pasajes donde Rafael López Castañares rendía pleitesía al entonces aspirante presidencial, Arturo Montiel; y la misma escena, repetida años más tarde, por parte de Jorge Olvera, para aplaudir la gestión del ecatepense, Eruviel Ávila.

En síntesis, los exgobernadores no son héroes nacionales que merezcan el culto a la personalidad para que calles, hospitales, escuelas, unidades deportivas, parques recreativos tengan la desgracia de llevar el descrédito personal a cuestas. Y tampoco las instituciones públicas, incluidas las educativas, deben cargar con el costo político de quienes en alguna ocasión fueron gobernadores de la entidad.

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