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La leyenda del Grande Incómodo

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Por Juan Carlos Cartagena Abaurre

En algún lugar, en alguna época del año 98, los reinos competían en batallas por una prestigiosa copa, cuyo elixir al ser bebido otorgaba bondades, bienestar, seguridad, y un deseo a los habitantes del pueblo triunfador. Las batallas eran encarnizadas, todo se valía con tal de mostrar la superioridad y beber el deseo de esa copa que los pueblos mágicos brindaban. Cada Rey elegía a un integrante de su palacio y le encomendaba armar un grupo de hombres, no necesariamente los más fuertes, pero sí con poderes extraordinarios, les asignaban un estratega para dirigirlos y salían a la conquista de otros territorios y defensa del suyo.

Las primeras épocas, el Reino del rayo, con 11 hermanos, fueron amplios dominadores, pero malgastaron sus deseos, poco a poco su terreno y fuerza ha disminuido. Luego fue el reino de La Perla Tapatía el que dominó, vencía a todos, haciéndose del apodo de invencibles, campeonísimo; un rebaño de oriundos que basaba en su amistad la principal fortaleza. Después, turno del reino Águila, cuyo control era avasallador y rayaba en lo humillante. Las Águilas bebieron el elixir y como deseos pedían posesiones, riquezas, y un ego incalculable. Todo les fue dado al grado de generar odio y animadversión en otro pueblos.

Cierto día, desde el balcón de su palacio, en la altura del volcán Nevado, un Rey miró a su alrededor y pensó que la “tierra roja”, característica de esa región, perdía su color. El Rey Nemesio X notó que en las calles se percibía la tristeza, el hambre, la desunión, la sequía, y la única forma de darle vida a ese sitio llamado Toluca, era beber el elixir, y así regresar la alegría al pueblo que pronto, muy pronto le heredaría a su hijo, Valentín I.

Cómo traer la Copa de nuevo si las piernas de Eugui no peleaban más, y lo principal, su mejor cazador, Pereda, tenía mucho tiempo sin ponerse la armadura. Eran muchos años sin alegría, y debía hacer algo.

-“¿Que piensa mi Lord?” Escuchó el Rey Nemesio X
Al darse cuenta, miró que era su tesorero el que cuestionaba.
-“Rafael, necesitamos darle vida, razones para ser feliz y creer en algo a este pueblo antes que pierda su categoría”, dijo el rey con voz imperativa y continuó con una sentencia: “No quiero morir sin dejar un legado a mi hijo, sin que este pueblo beba del elixir de los campeones”.

El rey otorgó toda libertad a su tesorero para armar un grupo de guerreros cuyas palabras claves para encontrarlos serían: Humildad, entrega, corazón, valentía, esfuerzo y amor por su armadura. 6 características, como 6 era el número que llevaban en el pecho en su escudo. El tesorero tomó manos a la obra, Lebrija era su apellido.

Para el verano del 98, Lebrija tenía el grupo listo, y estos fueron poco a poco venciendo rivales. Nadie de los pregoneros o informantes lo decía, pero en los pueblos vecinos se corría el rumor que el Rey Nemesio X había hecho pacto con el mismo diablo, y éste le había mandado confeccionar demonios para conseguir su objetivo. Así, poseía a la dupla más voraz para aniquilar: Abundis nacido en el Reino de la Perla Tapatía, pero que desde niño creció en las tierras del color del carmín.

El otro era un guerrero que vino del sur, aunque parecía haber nacido en otro planeta, en Saturno, de ahí su nombre. Saturnino fue herido en una de sus primeras batallas, aunque inteligentemente Lebrija le tuvo paciencia y el guaraní se volvería el devorador más temido. Hay quien dice que primero infundía el miedo en su presa, su mirada era suficiente para petrificarlos, después los poseía y comía sin piedad alguna, gracias a su técnica depurada y dotada de herramientas para liquidar; todos le empezaban a temer.

Detrás de ellos había una mano que mecía la cuna, un maestro en la estrategia, cuya discreción, gentileza y visión era justo lo que hacía falta en ese Reino. Soldados que cambiaban la pose por lucha, la belleza por el sudor, y el llanto por la sangre. Su estratega tenía el poder de cerrar sus pequeños ojos y ver el futuro, un adelantado, un gurú del manejo de campo, de ahí su apodo: “Ojitos”.

Cuando solo 8 reinos sobraban en la lucha por la copa, el reino Azulgrana con más temor que oportunidad no supo qué hacer para detener a Saturnino y sus diablos; los de armadura roja regresaron del potrero dejando herido de muerte a su rival. No obstante, el reino azulgrana poseía corseles pura sangre para cobrar venganza… ésta no llegó, sus potros nunca regresaron. No se explicaba de dónde sacaba su fuerza ese ejército rojo, nadie quería visitar Toluca, pues ya en la entrada el olor a azufre podía percibirse. Era un verdadero infierno.

Cada vez cobraba más fuerza el rumor del pacto con el Diablo. El miedo no se conocía en Coapa, sitio del Reino Águila, que apelando al valor de los héroes del pasado y su equipado batallón, preparó su duelo contra los demonios. La historia se repetiría, el palacio Águila fue tomado por los guerreros rojos, que a su retorno encontraron a la gente de Toluca feliz, alterada por la adrenalina que se combinaba con ilusión, y los recibieron entre cantos, vítores, y súplicas:
“Queremos la copa”, “No aflojen, falta poco”, “Vamos Rojos”, “Yo sí le voy le voy al Toluca”.
Esas voces serían importantes más adelante.

Los emplumados no se quedarían con las alas bajas, intentaron atacar por aire, asaltaron el palacio del Rey Nemesio X, que dentro de su equipo poseía un excelente comandante, un guerrero fuerte, inteligente, de melena ensortijada, creador de armas y que había llegado desde los Andes: el Comandante Fabián, mismo que hizo estallar los cañones, ya que planificó tan bien la defensa de su sitio, que en poco más de una hora, el mismo capo andino sentenció muerte para el Reino Águila. El pueblo no podía creer lo que veía, uno de los ejércitos más odiados y poderosos había caído a los pies de ese infernal grupo de gladiadores. Venía la final.

Lo mejor o peor estaba por venir, sólo un rival separaba al reino de Toluca de beber la copa y elegir un deseo para su pueblo. Entonces, el Rey Nemesio X convocó a su comitiva y a todos sus hombres, les contó cómo fue que ese reino llegó hasta él, les recordó épocas de otros grandes que se volvieron héroes, y que hasta hace unos meses el Nevado y sus alrededores era triste, y ellos le devolvieron la alegría, el júbilo, el orgullo por su tierra a todas esas personas que trabajaban día con día, fregándose en la cosecha, fábricas, y oficios para poder sobrevivir.

No había excusa, estaban a un paso, eran el mejor de los batallones, tenían una temible ofensiva y serían los encargados de atacar primero. El rival: el Imperio del Rayo, Reino que había gozado de 8 grandiosos años en los que había sometido a los más poderosos. Como principal fuerza tenían el poder de electrificar a sus rivales.

La primera batalla fue como se esperaba, los Rayos armaron un excelente plan para neutralizar a Saturnino, hicieron lo que nadie en mucho tiempo: vencieron al Diablo, pero cometieron un error al no matarlo. Si ese equipo endiablado vivió fue gracias a que el escudero Ruíz, un noble y fino espadachín, salvó el estandarte. La última batalla sería en el infierno.

Nadie quería perderse ese juego, 10 de mayo, un domingo por la tarde. Miles de personas acudieron al centro de batallas, otros más se asomaban por los balcones de sus casas. Todas las viviendas, fueran chozas, molinos, casas de teja o ladrillo tenían una bandera roja en su ventana. La copa había llegado un poco antes, nadie podía tocarla, mucho menos beberla.

Un exintegrante del Reino de Toluca había traicionado las fuerzas rojas, y ahora era encargado de dar el primer latigazo en favor del Imperio del Rayo; Montes de Oca se metió hasta el fondo del corazón de todo el pueblo para lastimar a los ya entonces llamados “hijos del diablo”. Acto seguido el Comandante Aguinaga, extraído del centro de la tierra, del mero Ecuador, con un poder que solo él tenía en la región, petrificó al cancerbero de la tierra roja, estafó la seguridad del castillo y volvió impactar, humillando y desafiando al mismo Diablo. Aguinaga sonrió con soberbia, apenas iniciada la batalla, el escuadrón rojo estaba casi muerto. Su celebración con burla y desparpajo fue una “katana” que se enterraba en el pecho de todo un pueblo.

Forjado con cemento, con sangre azul, pero hijo adoptivo de las tierras de Toluca, el soldado Taboada tomó una espada, apeló más a su coraje que a la razón y se tiró a matar sin importar sacrificio. Su golpe no solo dio al rival, también fue una inyección para sus compañeros que parecían haber perdido la batalla. Ni que decir para los millones de ojos que veían con lagrimas como su Reino estaba pasando de la ilusión a la decepción. El acto de aquel soldado Taboada contagió a todos y el pueblo al unísono comenzó a gritar:

“Sí se puede…sí se puede…sí se puede”
El diabólico Saturnino, el feroz Abundis, el comandante Fabián, el soldado Taboada, el confaloniero Rangel, el escudero Ruíz, el cancerbero Albarrán, el líder de escuderos Macías, el veloz espadachín Alfaro, su estratega apodado “Ojitos”, y un bonachón y apreciado relevo de nombre Darko, todos se motivaron por los gritos, y recordaron las palabras del Rey Nemesio X antes de esta batalla. Ellos querían ser héroes, ser recordados cuando 100 años se celebraran.

Yo lo vi, yo lo viví, fueron las ballestas de Abundis y Saturnino las que soltaron los dardos más contundentes. Si alguien tenía duda de estos valientes, ahora se disipaban. Los gritos, el contagio, cada latido se volvía un golpe más contra los visitantes. Cuando Aguinaga agachó el rostro, todos sabían que la batalla estaba por terminar, otro golpe más de Saturnino hacía vibrar los corazones, el fin llegaba y la espera acabó. Los Diablos no tenían rival, habían vencido.

Aquella gloriosa tarde, el cielo se tiñó de rojo, el aire tenía aroma a azufre, la alegría era un sentimiento que podía olfatearse. Los viejos cargaban a sus hijos al paso de esos demonios que venían sudando sangre, los jóvenes se alistaban en ese ejército rojo del que todos querían ser parte en el futuro para que nunca más faltaran soldados y mucho menos alegría al pueblo. Ese equipo de diablos les regresó la vida, el color a todo un pueblo, a todo Toluca.

Llegó el momento, el Rey Nemesio X bebió de la copa y pidió un deseo:
“Deseo LA GRANDEZA para este reino: A partir de hoy debemos luchar con nuestro escudo en el corazón, nuestra piel roja como nuestra tierra. Quiero que todos teman enfrentarnos, que nadie salga vivo, que mueran de miedo al saber que nos veremos la cara”.

Dos años después el deseo no sólo estaba cumplido, también habían bebido dos veces más ese elixir, eligiendo como deseo: ORGULLO Y TRADICIÓN.

Nadie ha comprobado tal pacto con el diablo, pero la gente así les llama. Lo cierto, es que cada que la fiesta grande se acercaba, pocos querían toparse con el Reino que ha heredado Nemesio X a su hijo Valentín I.

Cuenta la leyenda que muchos no reconocen esa GRANDEZA, pero en realidad ese 10 de mayo fue un día clave para ser considerados LOS DIABLOS ROJOS DEL TOLUCA: EL GRANDE INCÓMODO.

A partir de entonces, El Rey Nemesio X dejo una consigna a quienes sean parte de este club de diablos: Como su nombre lo decía, cada 10 años Los Diablos Rojos deben beber ese elixir. Sucedió en 98, en 08…pero hay una deuda pendiente, que pronto debe ser saldada, antes que este reino pierda su categoría.

Todo deseo puede volverse realidad, para ello se necesita sacrificio, amor, humildad y talento.
Gracias por leerme y jugar conmigo..

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