Arturo Huicochea / Vida Pública
Hay quienes reciben una casa con goteras y reparan el techo. Otros, a causa de un absurdo odio a sus antecesores, arrancan la instalación eléctrica. Después encienden veladoras. La política energética de la 4T tiene demasiado de esa pedagogía del desastre. Hoy, que Donald Trump pidió prohibir las exportaciones estadounidenses de diésel, es necesario revisar y explicar el daño que el gobierno mexicano ha hecho a nuestro país.
El diésel genera electricidad, mueve camiones, maquinaria agrícola y mercancías. Su disponibilidad sostiene actividades que nadie puede suspender mientras el gobierno encuentra una explicación. La alarma es concreta: una decisión estadounidense puede trasladarse al campo, al comercio y a la mesa familiar. La soberanía proclamada enfrenta el examen de la dependencia. Nada más tenemos 72 horas antes de que todo vaya apagándose, y tengamos que encender las veladoras.
El pecado original de la 4T fue confundir alternancia con demolición. La reforma energética de Enrique Peña Nieto abrió instrumentos para atraer capital, compartir riesgos y ampliar capacidades. Correspondía corregir deficiencias, vigilar contratos y aprovechar inversiones. Prefirió combatir su procedencia política. El país necesitaba continuidad inteligente; recibió una batalla contra el pasado.
En 2019 canceló la cuarta subasta eléctrica. No es la explicación directa del riesgo del diésel, pero retrata la lógica: cerrar oportunidades de inversión mientras se prometía fortaleza. Conducir el sistema energético exige asegurar suministro, calidad y costos competitivos. Concentrar negocios solamente aumenta aquello que el Estado debe administrar y financiar.
Con la CFE también desanduvo el ajuste pensionario de 2016. En 2020 pactó con el SUTERM recuperar condiciones anteriores de jubilación tan costosas que para el año entrante ya no será posible pagarlas, sin endeudamiento. Defender derechos laborales exige garantizar quién pagará mañana. Los aplausos le duraron al gobierno una ceremonia, el costo lo pagarán tus nietos.
Después vino la soberanía de compras: aproximadamente 6,200 millones de dólares por trece centrales de Iberdrola. El 87% de su capacidad ya operaba contratado con la CFE. Cambiar al propietario no añadió generación por ese acto. Comprar un horno encendido no equivale a producir más pan.
En Dos Bocas, la desmesura adquirió domicilio: de unos ocho mil millones de dólares anunciados a 20,959 millones reportados. Las ceremonias de inauguración no refinan petróleo. Cada sobrecosto exige explicar qué beneficio adicional produjo y qué otras inversiones quedaron sin recursos.
Deer Park vuelve incómoda la advertencia estadounidense. Pemex compró la participación de Shell en una refinería texana. La propiedad mexicana no la exime de la jurisdicción estadounidense ni garantiza excepciones ante restricciones de exportación. Curiosa independencia que necesita pasar por aduana.
Las decisiones de la 4T hoy tienen a México en manos de Donald Trump. Si éste insiste en prohibir la exportación de hidrocarburos, para bajar el precio en territorio de los EE.UU. habremos de sufrir las consecuencias. Si MORENA quiere defender la soberanía energética, tiene una opción: retomar, revivir y hacerlo con urgencia, la reforma energética de Enrique Peña, hasta donde eso es posible.
Gobernar exige distinguir entre el patrimonio nacional y el patrimonio de una familia tabasqueña. México necesita inversores privados, tecnología, regulación moderna, estado de derecho, libre competencia, terminar con el huachicol, reservas, proveedores diversos, infraestructura y producción competitiva.
Ningún país debe pagar la vanidad de quien quiso empezar la historia consigo mismo. La soberanía que empobrece capacidades termina siendo dependencia con bandera. La lección es urgente: corregir deseando que Washington no cierre la llave.
@HuicocheaAlanis
