
Francisco Ledesma / Reflexiones sobre una elección
Ha transitado la primera
semana de las jornadas de promoción por la rectoría de la Universidad Autónoma
del Estado de México. Las campañas al interior de la institución auriverde nos
hacen recordar -para mal de sus aspirantes- al proselitismo que acostumbradamente
hacen los políticos de siempre. Abundan lugares comunes que apuntan el qué necesita
la UAEMex, pero queda poco claro cómo van a conseguirlo. Son muchas las
carencias, otras tantas las resistencias, pero casi nadie se arriesga a asumir
costos políticos en sus promesas.
Quienes asesoran estas campañas,
confunden recurrentemente cercanía y empatía con frivolidad. Los universitarios,
son por naturaleza, personas con una preparación académica sólida que deberían
ser tomados con seriedad, buscar el voto bajo argumentos, y no con trends
temporales, porque está en juego el proyecto universitario de los próximos
cuatro años. Las juventudes en formación, se merecen campañas serias, propuestas
viables y un proceso altamente informado para tomar decisiones en su casa de
estudios. No se trata de concursos de popularidad, sino de construir un
proyecto educativo.
No se trata de una
campaña electoral como la de partidos políticos. No están -no debería-, en
juego calificaciones escolares ni puestos laborales; lo que está en disputa es
el tipo de Universidad que se pretende consolidar para las próximas
generaciones. El modelo universitario que salga de esta elección, no sólo afecta
a quienes hoy trabajan o estudian en la institución, porque se trata de jóvenes
en formación, que mañana serán los egresados que se convertirán en los médicos,
ingenieros, abogados, contadores, químicos y economistas que deberán tomar
decisiones en el sector público y privado de la entidad.
Las bases de la
convocatoria limitan conocer a profundidad el desarrollo de las campañas, al
prohibir por ejemplo, las trasmisiones en vivo; y eso obliga a conocer apenas
algunos aspectos -mayormente las selfies de día- de los recorridos de
las candidatas. A diferencia de hace cuatro años, cuando al comienzo había tres
candidaturas, hoy no existe acceso a comunicados que permitan contrastar las propuestas
de las aspirantes a la rectoría.
Qué bueno que no están
permitidas las encuestas, porque seguramente entre esas tentaciones, más de una
de las aspirantes habría recurrido a la estrategia por construir narrativas de
que esta elección ya está definida. Lo que sí debería permitirse es la
fiscalización de las campañas, para saber cómo se financian y cuánto gastan las
aspirantes, para fomentar la equidad en la contienda y una transparencia y
rendición de cuentas, antes de llegar a la rectoría.
Lo que también está en
disputa es la credibilidad universitaria. La inédita contienda de no tener una
candidatura única, ha colocado como nunca antes, la elección de la rectoría
universitaria como un asunto de interés colectivo. La opinión pública ha puesto
entre sus temas principales un seguimiento a quiénes son las aspirantes, cómo
se desarrollan las jornadas de promoción, así como la exigencia observable
sobre las condiciones de equidad en la decisión, esa que deberá asumir la
comunidad y el Consejo Universitario para el mes de mayo.
Una condición inequívoca
es el respeto a la autonomía, pero eso no implica que el gobierno estatal esté
ajeno al proceso. El gobierno delfinista no puede permitirse saltos al vacío en
una institución que alberga a casi 100 mil estudiantes. El cumplimiento de la
legalidad y la defensa de los derechos y las libertades de los docentes,
estudiantes y administrativos, se vuelven condiciones indispensables hacia la
elección universitaria. Finalmente, se trata de una institución subsidiada gubernamentalmente,
obligada a rendir cuentas en lo financiero, pero también en las decisiones de
sus funciones sustantivas.
La tenebra
Para la próxima semana,
todo apunta que habrá seis aspirantes inscritas. Faltan dos meses para la
elección. La moneda universitaria sigue en el aire.