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El Manual de Maquiavelo 12-03-2021

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Francisco Ledesma / Un nuevo paradigma

El próximo 20 de marzo se cumplirá un año en que la convivencia social se trastocó derivado de la pandemia por covid-19, fecha en que se decretó un confinamiento, y desde entonces, el entorno político y económico se ha transformado con una velocidad vertiginosa y una capacidad de adaptación sin precedente en las actividades cotidianas en todos los rincones del mundo.

Desde el sector político, quizá la transformación más tangible en su contacto social ha sido la supresión de actos masivos. Atrás quedaron los eventos que promovían a un gobernante cercano a la gente, en los que recorría ríos de gente para dejarse apapachar, tomarse la selfie, recoger cartas y peticiones; y subir a un templete desde el cual saludaba y abrazaba a la distancia.

Los actos de gobierno parecían tener mayor valor cuando la capacidad de aforo le permitiera al gobernante su contacto con un mayor número de personas. Su personal de logística se esforzaba por encontrar un lugar al aire libre que permitiera amplios espacios para estacionar decenas de camiones, la colocación de miles de sillas y proyectar la imagen de un político de gran aceptación.

La emergencia sanitaria transformó súbitamente esa realidad social. Durante cuatro meses, los eventos públicos quedaron cancelados, y repentinamente el esquema político se ha modificado. Hoy, los actos sociales tienen una mayor valoración por los protocolos sanitarios, una convocatoria reducida, la sana distancia entre los asistentes y hasta el uso de plataformas digitales que permitan la convivencia virtual del actor político con sus gobernados.

En la coyuntura actual, las campañas electorales representarán todo un desafío para una clase política acostumbrada al proselitismo de gran afluencia, a través de una sólida movilización de sus estructuras, la masificación del mensaje era obligadamente presencial, y ganar en la percepción del votante a partir de su poder de convocatoria. Hoy, la responsabilidad social pesará más en las urnas.

Atrás quedaron las “guerras de porras” entre sectores y comunidades que animaban la espera del candidato. Los mítines deberán modificar su organización y su logística en actos reducidos, controlados e incluso a distancia.

El mundo entró en una transformación inusual, y es momento en que la clase gobernante cambie su capacidad para contactar a sus votantes, y eso implica que en actos más reducidos pueda tener un mayor acercamiento y entendimiento de las necesidades del electorado al que pretende representar.

Con nuevas condiciones electorales, también puede asumirse que no necesariamente el candidato que más gasta resulta el que más votos gana.

La convivencia social se ha modificado sustancialmente, con la suspensión de cualquier convocatoria masiva, y eso obliga también a un cambio de paradigma en el diseño de las campañas electorales y en la construcción de la imagen política de los partidos y candidatos, una condición en la que las redes sociales prepararon el terreno desde hace una década sin avisarnos.

El reto de quienes saldrán a campaña en las próximas semanas deberá traducirse, quizá, en reducir las brechas tecnológicas que garantice el acceso a internet y el uso de plataformas digitales de todos los electores, por muy remoto que sea el lugar donde viven, o por muy precarias sus condiciones económicas.

La pandemia ha generado una nueva normalidad, y lo deseable sería que, desde el entorno político exista una nueva forma de hacer campañas electorales, una renovada forma de hacer política, de acercar propuestas y de construir ciudadanía.

La tenebra

La dinastocracia no se quebranta por nada. En todos los partidos políticos se impondrán las esposas, hermanos, hijos y sobrinos como candidatos, y la herencia del poder público tendrá vigencia en esta nueva normalidad.

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