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El Manual de Maquiavelo

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Francisco Ledesma / Las mujeres no son una clientela

El Día Internacional de la Mujer es un pretexto en el que abonan todos los gobiernos, sin distingo de su ámbito o de su filiación política, para seducir a sus clientelas electorales más cautivas, sitio en el que confunden el empoderamiento del sector femenino con el reparto de dádivas y el asistencialismo de género.

La entrega de dinero o despensas no puede ni debe ser el centro de la política pública de cualquier gobierno. Eso es limitar la atención a segmentos muy reducidos de la mitad de la población de cualquier país, estado o municipio.

Las mujeres, son el sector más vulnerable de toda sociedad, ya sea por motivos de marginación, exclusión, acoso o violencia, y sin embargo, los alcances de los programas de gobierno parecen concentrarse en estereotipos que no corresponden a la realidad. Las estrategias se replican con magros resultados.

En tiempos electorales, el candidato les habla a las amas de casa, a las jefas de familias y a las señoras de escasos recursos. Y si es candidata, las circunstancias cambian muy poco, porque ella se convierte en la jefa de campaña que le habla a sus pares. Y hablan de empoderamiento y de equidad, que rápido se olvida.

No falta la mujer dedicada a la política, que sueña con escalar legítimamente, pero cuando habla de sororidad sólo piensa en los votos de las señoras y sus familias para sus fines electorales. Y repite los estereotipos de ayer, se acompaña de más mujeres políticas, como si el empoderamiento femenino exigiera una disputa con los hombres. En el poder público, esa mujer exprime el discurso de la equidad, pero poco cambia la realidad de sus votantes.

En general, las mujeres son la clientela electoral por antonomasia. Es ahí, donde los partidos y los candidatos, luego gobernantes, descargan sus mayores programas asistenciales: becas para sus hijos, monederos electrónicos para ellas, despensas para la familia, seguro popular y jornadas de salud, y hasta los eventos festivos convertidos en incentivos electoreros. Al final todo sigue igual.

En esa pretendida inclusión, lo que prevalece es la exclusión de las mujeres jóvenes que requieren de oportunidades educativas, de las mujeres profesionistas que exigen igualdad laboral, de las niñas que en condiciones de pobreza y marginación parecen estar condenadas a un destino incierto.

La honda preocupación de las mujeres, hoy transita por la protección de su integridad. Lo que exigen son condiciones de seguridad para sus madres, hermanas, hijas, primas, y para ellas mismas. Lo que prolifera es la invisibilidad de los gobiernos a los problemas; situaciones que se pretenden resarcir con eventos conmemorativos, diálogos y capacitaciones a universos reducidos, cuando el temor está de regreso a casa, al salir de la escuela o del trabajo.

El discurso es sistemático desde hace un par de décadas. La violencia de género se justifica bajo la circunstancia de casos aislados, cuando el aislamiento ya pasó a ser una amenaza del entorno más próximo. Y no es un problema que se reduzca a zonas urbanas, condiciones económicas o imaginarios sociales.

El desdén de la autoridad para desarrollar la idea de que la violencia de género se reduce a relaciones interpersonales, es un ardid para no reconocer que la criminalidad los ha rebasado. La incidencia delictiva en agravio de mujeres se ha desbordado frente a las grandes fracturas institucionales: la omisión, la negligencia, la incapacidad, pero sobre todo, la impunidad.

Los gobiernos están obligados a repensar sus políticas públicas, sus programas sociales, y sus campañas electorales. Las soluciones deben estar alentadas por especialistas en temas de género, y no por mercadólogos, que por atraer votantes, obligan a los gobernantes, en el ejercicio del poder, al desarrollo de acciones electoreras que no atienden ni resuelven las problemáticas de sus habitantes.

Pensar que la violencia de género es un tema exclusivo de mujeres, es atentar contra nuestro entorno. Apostar porque la solución está en cada uno de nosotros, es una idea romántica en la que nadie, absolutamente nadie, asume su responsabilidad social. Y dejar todo en manos del gobierno, es una condena a la reinvención de realidades y soluciones cada seis años.

Las mujeres no son una mera clientela electoral, y es un universo mucho más amplio a las amas de casa. Las políticas públicas deben ir mucho más allá de las dádivas económicas o en especie. La realidad que enfrenta cada una, es tan diversa como sus condiciones geográficas, económicas, sociales, familiares, educativas y laborales; y por lo tanto, su grado de atención se vuelve distante.

La tenebra

Alejandra del Moral hizo ajustes de última hora en el PRI mexiquense. El infaltable, Jaime Barrera -hermano de Heberto y tío de Laura Barrera- rindió protesta como secretario de Operación Política. Tal parece que el eruvielismo tuvo una bocanada de oxígeno, luego de que todas sus piezas estaban siendo desplazadas.

Otros nombramientos fueron Felipe Serrano Llerena, refugiado del peñismo, quien trabajó en Los Pinos como director general de Atención a Entidades Federativas de la Oficina de la Presidencia, desde ayer fue nombrado secretario técnico Presidencia.

Y finalmente, Héctor Pedroza, excandidato a la alcaldía de Neza, que ya pasó por la CNOP y el Movimiento Territorial, ahora fue designado subsecretario de Gestión Social. Como secretaria del Deporte llegó Zudikey Rodríguez Núñez -velocista y oriunda de Valle de Bravo-.

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