El Manual de Maquiavelo 06-02-2026

Francisco Ledesma / La traición compartida

Cada vez, con mayor normalidad, la clase gobernante muta de color. Transita de un partido político a otro sin el mayor pudor; apostándole a la desmemoria discursiva y a la amnesia ideológica que durante largo tiempo defendieron, como parte -quizá- simplemente de una simulada identidad partidista a la que dijeron pertenecer durante años y años de militancia, en la persecución de sus ambiciones personales para ganar cargos de elección.

Con mucha recurrencia, durante los últimos años hemos advertido que priístas y panistas -sabedores de que la defenestración política podría prolongarse por una larga temporada- han decidido emigrar a otras latitudes ideológicas, para enfundarse en la casaca morenista o ecologista, desde donde advierten tendrán más futuro político, o lo que es lo mismo, mejores oportunidades de alcanzar cargos de elección; o integrarse a las filas del gobierno en turno.

Uno de los ejemplos más notorios es Alejandra del Moral, que pasó de ser dirigente estatal del PRI y candidata a gobernadora, a integrante del gabinete de la presidenta Claudia Sheinbaum, en donde se puede contemplar una doble traición: en primer lugar, de quien combatió al morenismo en sus discursos, en sus acciones y en su operación electoral; y en segunda parte, desde el régimen que ahora adopta a quien fustigó duramente a la gobernadora en turno.

Pero hay otro tipo de actores políticos que, una vez que han ganado sus cargos de elección, deciden dar el viraje ideológico con el propósito de garantizar larga vida a sus ambiciones personales, pero abandonan a su electorado.

Alcaldes y alcaldesas que ganaron bajo las siglas priístas: aprovecharon su narrativa ideológica, su identidad partidista y su base social para hacerse de un cargo de elección; pero resulta que, ya en el ejercicio del poder, seducidos por el partido dominante, decidieron renunciar a su militancia, olvidarse de sus votantes e imponer sus intereses personales para gobernar con la base del pragmatismo, pensando en la próxima elección.

Y aquí, el partido que los acoge, dedicados a reclutar liderazgos de otros partidos políticos, también incurre en una traición a sus orígenes. Ya sea Morena o el PVEM, como los casos más recurrentes, optan por el camino fácil: inscriben en sus filas a quienes en campaña los criticaron y los combatieron; y pasan por encima de sus militantes, para imponer por delante a priístas o panistas que tendrán una mayor ascendencia política hacia las próximas elecciones.

Renuncian, además, al principio básico de las organizaciones políticas: la formación de cuadros; y su militancia fundadora, podría repensar en crear un nuevo partido político que les reconozca su disciplina y su ideología.

Ahora que se piensa en una reforma electoral, debería reflexionarse sobre la necesidad de combatir ese pragmatismo que atenta contra la base ideológica de todos los partidos políticos, sin excepción, pero todos prefieren voltear hacia otro horizonte en la discusión del dinero público o el número de cargos en disputa.

Morena replica las formas del priísmo hegemónico, no tan sólo por reclutar a sus liderazgos para acrecentar su base social: también por repetir esquemas de cooptación de dirigentes y gobernantes opositores; crear partidos satélite que dinamiten la fuerza de cualquier bloque opositor, y la lista resulta interminable.

Quien más pierde es el votante, que por más opciones que pueda tener en la boleta electoral, la clase gobernante responde a sus ambiciones; la connivencia de los partidos políticos hace resonar que todos tienen las mismas deficiencias y errores; además de cometer los mismos excesos y abusos. Y que más pronto cae un priísta en morena, que hacer posible la alternancia del poder.

La tenebra

¿Cuántos priístas aparecerán en las boletas electorales de 2027 disfrazados del régimen morenista? ¿Y la militancia que fundó a Morena, para cuándo?