Francisco Ledesma / El desinforme de resultados
Las cuentas alegres de los informes municipales han proliferado durante esta semana, pero dicen muy poco para la ciudadanía en general. Cientos de millones de pesos para pavimentar decenas de kilómetros de asfalto. Nuevas fuentes de abastecimiento de agua potable. Y nuevos camiones que recolectan la basura y remozadas patrullas que vigilan la ciudad. Luces más brillantes y ecológicas. Y una ciudad vibrante hacia la modernidad. No importa el alcalde, el municipio, ni el color partidista: los rasgos son semejantes, tan iguales año con año.
No se trata sólo de criticar el formato de informes municipales. Porque esa es la salida más sencilla para construir una crítica hacia la clase gobernante, esa que prefiere la pleitesía, la ovación, la convocatoria masiva y el despilfarro para el tributo al tlatoani municipal. Las élites que gobiernan desde una burbuja, rodeados por regidores, directores y asesores que hacen creer que todo marcha por la excelencia y con camino libre hacia la reelección o la diputación en puerta.
Llevamos una década viviendo la elección consecutiva -aunque la misma ya está por eliminarse a capricho de la misma clase gobernante que la aprobó-, y nadie fue capaz de evocar o demostrar en ese tiempo, los beneficios o la supuesta profesionalización de los alcaldes para tener proyectos de largo alcance, porque -decían- que tres años eran insuficientes para entregar buenos resultados.
Hasta ahora ni reelecciones, ni cargos heredados a esposas, hijos o hermanos, ni la alternancia permanente han demostrado un modelo de gobierno idóneo; no hay políticas públicas de largo plazo. Hay una reinvención del gobierno cada tres años. Una lastimosa curva de aprendizaje entre los alcaldes. Mientras la rendición de cuentas parece una secuencia repetitiva, donde sólo cambia el rostro, el nombre, en ocasiones el partido, o bien, a veces son los mismos nombres, pero sólo se cambian de partido. El hartazgo social es la respuesta.
Ya cumplimos cuatro años de una deseada reducción de síndicos y regidores. Pero hasta ahora, nadie nos ha dado cuenta de cuánto se ha ahorrado en los ayuntamientos. Y en qué se han invertido esos ahorros. Según la justificación política de ese momento, el dinero alcanzaría para rehabilitar las calles municipales. Los regidores se eliminaron y los baches proliferaron.
No hay parangón para entender si los millones de pesos invertidos en obra pública son cantidad suficiente o escasa para las dimensiones poblacionales y geográficas del territorio. Una rendición de cuentas más didáctica sería conocer las formas en que se ahorran y transparentan recursos: en la asignación de contratos, en obtener mejores precios que sus antecesores, en gastar en las atribuciones del municipio y en tener menos frivolidad en el Palacio Municipal.
La lectura de cifras queda en el anecdotario de un evento público de apenas 60 minutos; en un documento que oficialmente se entrega a un puñado de regidores que poco o nada revisan; y que es remitido técnicamente ante el OSFEM, que por sus limitaciones legales, estructurales, presupuestales y humanas, solamente lo archivará, sin que nada trascienda de su eventual evaluación.
Los informes se mantendrán en este formato porque así conviene a la clase política; porque es una manera de compararse mutuamente en su capacidad de convocatoria, en posicionarse hacia sus aspiraciones electorales futuras, y en autoelogiarse con el despilfarro de recursos públicos.
Además, ahí pueden encontrar lealtades políticas o descubrir desafectos y rupturas partidistas, que trascienden en la vida interna de los partidos políticos, en el funcionamiento operativo de los gobiernos o en la toma de decisiones hacia las candidaturas que están por definirse en poco más de un año.
La tenebra
¿Cuánto dinero, desencanto y tiempo nos podríamos ahorrar si reemplazamos estos informes por otra forma más democrática de rendirnos cuentas?
