Inicio Cultura Distopías Cautiverio

Distopías Cautiverio

1411

Tania Contreras

Comenzó a rechinar los dientes y a entrelazar los dedos de sus manos entre sí, doblando sus muñecas al ritmo de una lejana melodía que apenas y podía percibir, aquél movimiento parecía al de un sube y baja, tan sincrónico que parecía robotizado; sí algo quitaba la duda de su humanidad, era justo en el momento, en esos pequeños segundos, cuando abría sus párpados y sonreía desde los ojos, un esbozo de inocencia que se transformaba en un túnel directo hacia el infinito mismo, ahí era claro que la piel y los huesos contenían una esencia más que humana.
Llevaba un par de horas en cuclillas, observando detenidamente el suave movimiento de sus brazos y como la poca luz iluminaba su piel, después cerraba los ojos y simplemente sonreía; después de un largo rato cambió de posición; primero despegó sus dedos que ya entumidos no entendían las órdenes emitidas por sus pensamientos, se habían fusionado, formando un gran brazo interminable que se alzaba por sobre su cabeza y regresa inmediatamente hasta sus rodillas, hasta que en un movimiento brusco, aquel circuito cilíndrico logró regresar a la forma original de extremidades superiores, un tanto pálidas, otro tanto resecas, flácidas y desnutridas.
Cuando las manos quedaron libres comenzó a incorporarse sobre sus piernas, no respondieron al primer intentó y tambaleó; sus rodillas parecían enormes bolas que contrastaban con la delgadez de sus muslos blancos, casi transparentes; entre uno y otro se formaba un hueco extraño incluso para él mismo, tanto que con un semblante de sorpresa curveó su espalda hacia delante hasta casi tocar sus piernas con la frente, miró a través de aquel hueco y se vio reflejado en el espejo polvoso del fondo de aquella habitación oscura.
Permaneció así unos segundos y se levantó inhalando fuertemente antes de pegar un salto y estirar los brazos; su estatura no le permitió tocar el techo, de hecho quedó muy lejos de hacerlo. Al caer nuevamente al piso, sus pies golpearon fuertemente el cemento lleno de grava y esas diminutas formas sólidas se encajaron en su piel, las rodillas se doblegaron ante el dolor de sus talones, pero todo quedó olvidado justo cuando el sonido del metal silenció su inconciencia.
Miró de reojo hacia sus tobillos y un simple sentimiento de supervivencia lo transformó en una fiera, sus ojos no sonreían sino por el contrario parecían ser parte de un enorme vitral que solo reflejaba el exterior de forma sombría. Intentó dar un paso pero le fue imposible, las cadenas no permitían un solo movimiento más; fue ahí cuando, condicionado por la impotencia, el tirón de aquellos estambres metálicos le hicieron recordar que el forcejeo era en vano.
Sin ningún anhelo se acuclilló nuevamente, en esa postura caminó hasta la pared húmeda y tomó la única pelota que había en aquel lugar, miró hacia el espejo y sonrío, la luz que le daba de frente iluminaba sus escasos dientes, después giró 180 grados, miró una silueta esquelética dibujada en la pared que imitaba sus movimientos y exclamó –estamos listos- en ese momento lanzó la pelota al aire y comenzó patearla, unas veces contra la pared otras más contra el espejo.
El juego terminó cuando comenzó a caer la noche, el partido era imposible sin los dos porteros y uno de ellos se esfumaba a la velocidad de la luz del sol de forma inmediata, el otro comenzaba a desparecer paulatinamente con la oscuridad que abrazaba aquel cuarto.
La noche solo anunciaba una cosa: el sonido bestial de un cerrojo abriéndose, los pasos asimétricos de dos personas que deambulaban en los cuartos contiguos, gritos que era incapaz de comprender, seguidos de una luz brillante que cegaba su visón y como sacado de un cuento de ciencia ficción, lo transportaba a un mundo totalmente diferente, el cual no recordaba a la mañana siguiente pero que le dejaba rastros de realidad en cada moretón, en cada quemadura y en cada herida que podía contener aquél cuerpo de escasos 6 seis años de muerte lenta.

Comentarios

comentarios