Francisco Ledesma / La democracia inacabada y perfectible
La primera vez que cubrí una elección fue hace 23 años. La primera elección intermedia, en la que un partido diferente al PRI despachaba en Los Pinos, tras la victoria del panista Vicente Fox. Dos décadas más tarde, acudimos a la primera elección intermedia, en la que un partido diferente al PRI despacha desde la gubernatura del Estado de México. Una coincidencia caprichosa.
A la distancia, no obstante, los retos de la democracia parecen abrumadores. Por lo expresado tanto por los partidos políticos como por las consejerías electorales, hoy tenemos una realidad muy distinta marcada por el crimen organizado y la vertiginosa tecnología que invade la esfera pública.
Hoy el debate se concentra en la injerencia del crimen organizado en las campañas políticas y el ejercicio del poder. También se voltea la mirada a la imperiosa necesidad de brindar seguridad a los candidatos, porque en los últimos años -algunos- han sido obligados a claudicar de su aspiración electoral.
Otro desafío es la paridad de género, bajo dos premisas: la exigencia de candidaturas para mujeres, y poner un freno a la violencia política en razón de género. Y desde la última elección, se han sumado las acciones afirmativas para grupos vulnerables como personas con discapacidad, la comunidad LGBT, afrodescendientes y migrantes. Aunque nunca faltan quienes hacen trampa para hacerse de candidaturas mediante fraudes a la ley.
Hace más de veinte años, no habíamos descubierto las redes sociales. Imposible advertir los tiempos de la post verdad, las noticias falsas y el uso de la inteligencia artificial, que hoy genera más dudas e incertidumbre que cualquier certeza que hayamos conocido en el mundo análogo en el que crecimos.
Lo que no se modifica es la clase gobernante que se presenta en las boletas electorales. Para entonces, quienes colgaban sus rostros en pendones, hoy todavía se mantienen vigentes y difunden sus actividades en Facebook. Sostienen una ambición desbordada, sin distingo de partidos políticos, porque quien no piensa en la reelección, ya aspira a saltar a un nuevo encargo público.
Y cuando el partido político les resulta rebasado, es mejor cambiar de camiseta, para enfundarse en otro color, otra ideología y otros estatutos. Porque para ellos, el concepto de democracia es inacabado, porque nunca se les acaba la posibilidad de competir, o incluso, de heredar el poder a su familia.
La tentación de una clase gobernante que pretende hacer uso del aparato del estado para inclinar los resultados electorales a favor de unos u otros. Las componendas del poder que exhiben a una clase gobernante que públicamente se descalifican y se atacan, pero en privado pueden tender acuerdos de impunidad, pactos inconfesables y entregar elecciones.
No basta perfeccionar las leyes, porque al final, las élites políticas siempre encontrarán los recovecos necesarios, implementarán los subterfugios para sacar ventaja del adversario; y en consecuencia, deberán encontrar nuevas reglas para tratar de cerrarle el paso al marrullero electoral.
En el espectro electoral, lo más importante es que el votante tenga elementos de información y análisis que le permitan tomar decisiones al momento de ir a las urnas; y no dejar de incentivar el voto como un elemento básico de una democracia, que también siempre resulta perfectible.
Lo que tampoco debe cambiar es el rigor para observar, denunciar, examinar y descubrir aquello que el poder político trata de encubrir.
