El Manual de Maquiavelo 07-08-2026

Francisco Ledesma / La nostalgia del ejercicio del poder

La reaparición de Emilio Chuayffet en la sede del PRI Estado de México, simboliza una apuesta por reconstruir una narrativa fincada en un partido que aún mantiene la nostalgia en el ejercicio del poder público; sin embargo, exhibe que el partido transita sin tener claridad en su postura como una oposición electoral.

Chuayffet gobernó el Estado de México hace más de treinta años. Por tanto, no puede convertirse ni por asomo, en un referente político o social, porque ya pasó demasiado tiempo desde que encabezó la gubernatura estatal. Y porque, para sus adversarios políticos, el hecho que marcó su vida pública fue su desastroso encargo en la Secretaría de Gobernación en el sexenio zedillista.

El exmandatario mexiquense, sí fue uno de los últimos gobernadores, en haber formado un grupo político que trascendió diferentes generaciones, y que consolidó un proyecto de largo plazo para incidir en la toma de decisiones en el ejercicio del poder del Estado de México. De ascendencia libanesa, oriundo de Toluca, era identificado como parte del Grupo Atlacomulco, que tomó relevancia en la política nacional, bajo el liderazgo de Carlos Hank González.

Su presencia en la sede del priísmo mexiquense, advierte que para el PRI su mejor versión ocurrió cuando era un partido hegemónico, esa misma impostura que hoy tanto crítica de Morena, quien ha replicado formas de un poder único, dominante y apabullante hacia sus opositores políticos y partidistas.

Los excesos del tricolor, de los que Chuayffet prefirió guardar silencio, fueron en gran medida responsabilidad de quien ejercía el poder, ya sea por acción u omisión, ya fuese en su tránsito como alcalde toluqueño, en su ejercicio como gobernador, en su despacho desde Bucareli, y ya en el último tramo de su carrera política, en la oficina que alguna vez ocupó José Vasconcelos.

La autocrítica a la que llama Emilio Chuayffet nubló a los priístas cuando les tocó ejercer el poder durante casi cien años al frente del Estado de México. Hoy, el arrepentimiento sirve de muy poco, cuando entre sus filas mantienen a una clase política, a veces impresentable -Alejandro Moreno como la cara más visible de un partido que no tiene memoria-, que pretende erigirse como la salvación del momento que vive el país. Y más importante aún, la lección que parecen no aprender, es la de ser oposición más allá de la estridencia que otorga la tribuna legislativa o la denostación aguda de sus conferencias de prensa.

Han pasado ocho años desde que perdieron la Presidencia de la República y tres años desde que sucumbieron en la gubernatura del Estado de México, sin que exista en el horizonte identificable, un liderazgo que concite a su militancia -y en un segundo momento al electorado en general- para hacerle frente a Morena como una alternativa de alta competencia en las próximas elecciones.

Por más nostalgia para los priístas ya jubilados, hoy los priístas en activo carecen de quien conduzca al partido a la recuperación de su mejor versión -quizá no en el ejercicio del poder-, pero sí en la ecuación de ganar elecciones.

El panorama sombrío para el PRI, parte de que hoy, se mantienen como el partido político de mayores negativos en la percepción electoral. Y no existe un proyecto de nación, bajo el cual se pueda legitimar la pretensión de regresar por sus “viejas glorias”, quienes provocaron que el priísmo tenga esa mala reputación marcada por gobiernos con excesos, abusos y sobre todo impunidad.

Lo único que puede salvar al PRI en el 2027 y el 2030, es el desgaste de poder de Morena, que camina aceleradamente a ser la segunda versión del PRI.

La tenebra

La mayor nostalgia del PRI es que su músculo político hoy convoca a un puñado de alcaldes y diputados; y no es como antes, que tenía a la dominancia de un partido de estado en cada sesión del partido.