Vida Pública / Arturo Huicochea
Cada vez que una universidad pública entra en huelga, enfrenta un paro o vive una crisis institucional, el debate vuelve al mismo lugar: presupuesto, salarios, prestaciones, elección de autoridades, órganos de gobierno o condiciones de trabajo. Todos son asuntos importantes y legítimos. Sin embargo, seguimos atendiendo los síntomas porque es evidente que hemos equivocado el diagnóstico.
En los últimos dos años, diversas instituciones de educación superior del país —entre ellas la Universidad Autónoma Metropolitana, el Instituto Politécnico Nacional, la Universidad Autónoma del Estado de Morelos, distintos planteles de la UNAM, entre otras— han enfrentado huelgas, paros o movilizaciones. Las respuestas suelen repetirse: mesas de diálogo, acuerdos administrativos, reformas reglamentarias y ajustes presupuestales. Resuelven el conflicto inmediato, pero no necesariamente la causa de fondo.
Y esa causa no es exclusiva de México.
Las universidades del mundo atraviesan la mayor transformación de su historia moderna. Convergen la inteligencia artificial generativa, la acelerada obsolescencia del conocimiento, nuevas formas de aprender y trabajar, la transición demográfica, la crisis de salud mental de los jóvenes, la polarización, la desinformación y una cultura donde la inmediatez y la emotividad desplazan con frecuencia a la reflexión y al pensamiento crítico. Paradójicamente, nunca habíamos tenido tanto acceso al conocimiento y, al mismo tiempo, tantas señales de fragilidad humana.
Por primera vez en casi mil años, la universidad dejó de ser el único lugar donde el conocimiento se concentra, se valida y se transmite. La inteligencia artificial, las plataformas digitales, los laboratorios privados y las comunidades globales producen y distribuyen conocimiento a una velocidad inédita. La misión universitaria ya no puede ser competir con ellas, sino formar aquello que ninguna tecnología puede sustituir: criterio, juicio, ética, creatividad, investigación original y capacidad para construir comunidad.
La coyuntura lo confirma. La reciente crisis del proceso de admisión en línea de la UNAM mostró que el desafío ya no consiste únicamente en proteger un examen, sino en replantear cómo seleccionar, enseñar y evaluar en una época en la que la tecnología transforma rápidamente la manera en que aprendemos.
No estamos frente a una crisis exclusivamente presupuestal, laboral o de gobernanza. Estamos frente a una crisis de propósito y pertinencia.
Si hemos equivocado el diagnóstico, también hemos equivocado las soluciones. La universidad pública del siglo XXI debe enseñar a aprender durante toda la vida; desarrollar pensamiento crítico y la capacidad de formular las preguntas pertinentes, porque en la era de la inteligencia artificial generativa las respuestas abundan, pero las preguntas inteligentes siguen siendo una capacidad profundamente humana; formar emprendedores, científicos, innovadores y solucionadores de problemas públicos; y cambiar la manera en que mide su éxito.
Los nuevos indicadores ya no pueden ser únicamente la matrícula, el presupuesto ejercido, las horas de clase, los programas acreditados o el número de publicaciones.
La medida más importante debe ser la trayectoria de vida de sus egresados. En el debate internacional empieza a cobrar fuerza el concepto de human flourishing, florecimiento humano: la capacidad de ayudar a las personas a construir una vida libre, digna, productiva y con sentido.
Eso significa medir cuántos egresados encuentran oportunidades acordes con su formación; cuánto tiempo tardan en incorporarse al mundo laboral; cuánto valor generan; cuántos crean empresas, conocimiento, innovación o empleo; cuántos continúan aprendiendo durante toda su vida; cuántos lideran proyectos científicos, sociales o públicos; y qué tanto consideran, años después, que la universidad les dio las herramientas para construir un proyecto de vida.
A partir de ese gran indicador cobran sentido los demás: la transferencia de conocimiento, las patentes, la vinculación con la sociedad y los sectores productivos, la actualización permanente de los planes de estudio, la incorporación inteligente de la inteligencia artificial y el bienestar integral de la comunidad universitaria.
Porque aquello que una universidad decide medir termina definiendo lo que enseña, lo que investiga y el impacto que deja en la sociedad.
La universidad pública no necesita reinventarse porque esté en crisis. Necesita reinventarse porque el mundo ya cambió. Cambiar la manera de medir su éxito será el primer paso para cambiar sus prioridades, sus decisiones y su impacto.
Las universidades fueron creadas para anticipar el porvenir, no para llegar tarde a él. Y ninguna nación puede aspirar a un mejor porvenir que el de las universidades que es capaz de construir.
@ArturoHuicochea
