El Manual de Maquiavelo 20-02-2026

Marx Arriaga se ha convertido en un caso simbólico de la clase gobernante morenista: esa que a diferencia de la disciplina priísta del pasado; hoy da muestra de desobediencia hacia el poder presidencial, de nulo entendimiento en los cargos de confianza y de irreverencia política en el ejercicio del poder público.

El Estado de México también ya ha tenido ejemplos de gobernantes que no se alinean ni con las decisiones jerárquicas, y manifiestan sus desacuerdos con quien se supondría tiene el control político de las instituciones de gobierno.

Es, quizá, el ADN perredista que dio origen a muchas de las corrientes políticas dentro del morenismo -antes llamadas tribus-, pero que hoy trascienden en el ejercicio del poder. A pesar de ser gobierno, las conductas de las élites morenistas obedecen a la de un grupo en resistencia y en oposición.

En octubre pasado, el gobierno delfinista destituyó a Manuel Sotomayor como director del deporte del Estado de México por presuntas irregularidades administrativas. Inicialmente, con la marca de la casa, Sotomayor rechazó entregar su oficina, lo que provocó que el personal administrativo levantara un acta en la que quedó constancia de su negativa.

En diciembre pasado, en Tecámac, el secretario del Ayuntamiento y el tesorero municipal se resistieron a entregar su renuncia; y debieron ser obligados mediante la intervención de las autoridades municipales. Incluso, regidores morenistas se negaban a votar una nueva designación de funcionarios locales, bajo el argumento de no estar de acuerdo en la remoción de los exservidores. La razón: un diferendo político entre Rosi Wong y Mariela Gutiérrez.

En la víspera, al interior del Ayuntamiento de El Oro, se acordó destituir a los funcionarios municipales fuereños, y la designación de un nuevo gabinete con actores políticos de la localidad. La toma de decisiones se ha prolongado. La resistencia como marca de la casa, a pesar de las instrucciones superiores.

Durante el régimen priísta, inimaginable sería que un senador pretendiera corregirle la plana al presidente del Congreso local por conductas personales. Pero así es el régimen morenista: el fuego amigo se vuelve una dinámica permanente para fijar una postura política, aun en detrimento propio.

También durante los últimos meses, se ha evidenciado la falta de control político en municipios como Cuautitlán Izcalli, donde el alcalde Daniel Serrano tiene su mayor oposición en regidores de su propio partido. Y esa misma ecuación se replica en Valle de Bravo con Michelle Núñez y sus aliados electorales.

La implosión, se repite, es un riesgo permanente en el ejercicio del poder morenista, que pudiera tener como resultado una serie de derrotas electorales a partir de los comicios de 2027. Y es que, al igual que ocurría en el régimen priísta, los grupos de poder que no se sientan favorecidos con las candidaturas postuladas el año entrante, podrían jugar en contra de su propio partido.

No basta con un manotazo en el escritorio, porque los morenistas están forjados en la rebelión y en la trifulca para alcanzar posiciones y ascender en la pirámide del poder político. Su naturaleza está en la arena de la revuelta política.

Porque Marx Arriaga hay demasiados en este movimiento, que no termina por asumirse como partido político; ni tampoco termina por asumir que ya es gobierno y las formas de procesar sus diferencias debería ser mediante un reparto de posiciones que satisfaga a las mayorías.

Lo suyo está en el desorden, la indisciplina y la desconfianza mutua.

La tenebra

Y no es que un régimen sea mejor que el otro; sólo son formas distintas de procesar el poder.