El Manual de Maquiavelo 16-01-2026

Francisco Ledesma / La primera morenista del Edomex

Delfina Gómez simboliza la gobernadora de la alternancia política, de la transformación como enarbola el movimiento partidista al que pertenece; sin embargo, en los hechos, parece reivindicarse -como en el pasado- en la primera morenista del estado, esa que reinstala el poder hegemónico en la voluntad de una sola persona para incidir en la toma de decisiones de los otros poderes, los municipios, su propio partido político y en la connivencia de la oposición.

La semana que transcurre, la mandataria del Estado de México evocó a los viejos tiempos, donde el gobernador en turno convocaba a alcaldes, diputados federales y locales para poner de manifiesto que el mando político emana del Poder Ejecutivo. Es ahí, donde se asume el control gubernamental, financiero y social de la entidad, y su clase gobernante conduce, ejecuta y avanza al ritmo y en la dirección que se define en la oficina marcada con el 216 del Palacio de Gobierno, localizado sobre Lerdo 300. El gatopardismo parece inequívoco.

En antaño, el gobernador en turno tenía dos denominaciones en el lenguaje político: el G1, para reconocerle su alta jerarquía política sobre el resto de la estructura gobernante; y primer priísta del estado, para asumir que era el jefe político de su partido, con mando sobre alcaldes y diputados, sin resistencia.

Se concebían, además, facultades metalegales que le permitían al mandatario en funciones, acciones por encima de la ley, aunque no necesariamente fuera de ella. Era una hegemonía de facto, que ejercía a plenitud para dictar agenda legislativa, palomear candidaturas, y por qué no, castigar a quienes no se disciplinaban a los designios de quien despachaba en la gubernatura.

Delfina Gómez, esa mujer que muchos observan con candidez y sencillez; otros tanto en la displicencia del ejercicio del poder, no parece omisa en los sobresaltos que pretenden irrumpir en la política del estado; en la institucional y en la partidista; ni tampoco está dispuesta a ser rebasada por la deslealtad.

Por eso, la gobernadora en turno asume necesario e irrenunciable convertirse en la primera morenista del estado, donde los militantes de su partido se alinean, sus aliados políticos se disciplinan, y la oposición en su conjunto se retrae para evitar exabruptos, porque al final, la competencia electoral es un tema de votos, pero no de rebeldía. Y en política, el que pregunta no se equivoca.

Delfina Gómez se encuentra en el pináculo de su gubernatura. En el transcurrir del tercer año de su mandato, está en condiciones por definir alianzas, candidaturas, ajustes a su gabinete, y hacia las elecciones de 2027, encaminar las condiciones para la sucesión que se asoma en el aún lejano 2029.

Su momento cúspide es ahora, con una mayoría legislativa garantizada para los próximos 18 meses; una elevada afinidad de alcaldes surgidos de su movimiento, incluidos los más poblados de la entidad; con un Poder Judicial que logró concitar a su favor tras la elección judicial; y una relación favorable con la presidenta Claudia Sheinbaum para construir un recorrido de largo alcance hasta el final del sexenio. No hay espacio para equivocaciones ni traiciones.

La alternancia política ha representado un cambio en la cromática partidista y gubernamental, pero en la forma de ejercer el poder, prevalece esa condición unipersonal en torno a la gobernante en turno. Ahí, donde la profesora de Texcoco reivindica el poder que alguna vez ejerció el profesor de Tianguistenco.

El desafío para la segunda mitad de su mandato es la definición de un grupo político propio que construya, desde ahora, un plan transexenal que consolide a su círculo cercano, a su proyecto de gobierno y a su partido en el poder público.

La tenebra

Cada que se anuncian los ajustes del gabinete, la comentocracia se queda la sensación de que la gobernadora tiene el síndrome de Mejía Barón, y se guarda los cambios más necesarios para un mejor momento, aunque estemos en tiempos extra.