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Toluca, Edomex. 30 de noviembre de 2017.- Este viernes, el presidente Enrique Peña Nieto cumplirá cinco años de haber asumido la Presidencia de la República. Para su ejercicio en el poder político comenzará una curva descendente. Una vez que ha ungido al candidato presidencial de su partido, ha determinado que las elecciones del año entrante sean el centro de atención del debate público. Peña asume que arranca ya su desprendimiento de la escena pública. Y en consecuencia, deberá reconocer que el sueño presidencial de Atlacomulco ha concluido.

Enrique ha destapado a José Antonio Meade como precandidato presidencial en su mejor momento político de los últimos tres años. Desde septiembre de 2014, tras la desaparición de 43 estudiantes de Ayotzinapa, todo fue desazón al interior del peñismo: la Casa Blanca, la fuga del Chapo Guzmán, la debacle electoral, la corrupción de los exgobernadores, el socavón y su infinidad de dislates verbales. Luego de los temblores de septiembre pasado, Peña supo aparecer en escena y ha recuperado parte de la aprobación a su gobierno.

Peña Nieto. Llueven acusaciones. Foto Especial.El exgobernador mexiquense ha demostrado su control en los tiempos electorales. Ha logrado atraer la atención pública en el ungimiento de Pepe Meade durante los últimos cinco meses, pese a ocupar el tercer lugar de las encuestas. Desde el lunes pasado, Meade ha concentrado el debate político de priístas y opositores. Y aunque sabe que la elección será un desafío cuesta arriba, las estructuras priístas, su control financiero, mediático y social, le pueden anticipar que su candidato estará en competencia. En la alquimia electoral, el peñismo ha demostrado su sobrada experiencia.

Hace cinco años, Peña Nieto daba a conocer su gabinete presidencial. Arropado por mexiquenses e hidalguenses, el futurismo político anticipaba que la sucesión presidencial se concentraría en sus dos hombres fuertes: Osorio Chong y Luis Videgaray. Al final, el tecnócrata ganó la partida por interpósita persona. Hoy, la apuesta del peñismo está encaminada a dar continuidad a sus reformas estructurales -del ideólogo Videgaray-; así como buscar la permanencia de su grupo político en el poder público, y garantizar la inmunidad de su círculo cercano, una vez que abandonen la casa presidencial el 30 de noviembre de 2018. Todo dependerá de entregarle el poder al priísta menos priísta de la elección próxima. Al menos Andrés Manuel, algún día fue militante.

Del grupo político que arrancó la aventura presidencial quedan muy pocos: Ahí están en sus secretarías de origen, los mexiquenses Alfonso Navarrete y Gerardo Ruiz Esparza, aunado a Miguel Ángel Osorio, Pedro Joaquín Coldwell e Ildefonso Guajardo. Con cambios de despacho pero vigentes: Luis Videgaray y Rosario Robles. Con el arranque de las campañas, podrían suceder otros ajustes. Ese es el frente de batalla con el que Peña Nieto afrontará la elección del año entrante y su cierre de gobierno en los próximos doce meses.

El 1º de diciembre de 2018, Enrique Peña regresará al Estado de México. Aquí será su reducto político, cobijado por su primo Alfredo del Mazo. Desde tierras mexiquenses, Peña Nieto anticipa ser un factor de influencia en el priísmo nacional en caso de conservar el poder presidencial. Y de menos, ser el jefe máximo del priísmo mexiquense, con la apuesta de ejercer un poder metaconstitucional desde su retiro, junto a otros exgobernadores como Del Mazo, Montiel, Chuayffet, Pichardo, Camacho y Eruviel.

 

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