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Toluca, Edomex. 10 de septiembre de 2018.- Ante la inminente salida de Ernesto Nemer de la dirigencia estatal del PRI, se ha soltado la especie de que Darío Zacarías Capuchino entre al relevo de un partido en ruinas. Sin embargo, la posibilidad de que Zacarías asuma el mando priísta ha generado un rechazo de la militancia frente a la escasa ascendencia del exalcalde de Acolman. Del Mazo debe entender que el próximo dirigente del PRI mexiquense se convertirá en el principal opositor a López Obrador desde el priísmo regional. La consigna exige alinearse al grupo político de Claudia Ruiz Massieu a nivel nacional.

Darío, fungió como secretario de organización del PRI, durante la campaña delmacista, cuyos resultados dejaron al partido en segundo lugar. Hace un año, asumió como titular de la Secretaría de Desarrollo Agropecuario, con una gestión limitada, cuando el ciclo agrícola ya había fenecido. En la recién concluida elección, Zacarías fue derrotado en las urnas, donde buscaba ser diputado local; y así aspira a sacudir al partido del marasmo social. Por si fuera poco, fue registrado como diputado suplente de Juan Millán, quien se resistió a ceder su curul.

Sea quien llegue a la dirigencia estatal priísta, tendrá muy poco que aportar. Ernesto Nemer, con un pie fuera de la dirigencia, fue electo para completar el periodo de la dirigencia de Carlos Iriarte -que fue ungido en agosto de 2016-; y que tras su intento fallido por la gubernatura dejó su espacio a la malograda candidata a senadora, Alejandra del Moral. Quien llegue, deberá abandonar el encargo en agosto de 2020, seis meses antes de definir las candidaturas de las elecciones intermedias de 2021. Muy poco atractiva y apetitosa encomienda.

Antes, cada tres años, el Consejo Político del PRI se renovaba con el ungimiento de alcaldes, diputados federales y locales. Ahora, cuando la nueva dirigencia pretenda instalarse, el Consejo Político será minúsculo, ante la inmensa derrota que muchos se resisten a reconocer, y muy pocos alcanzan a entender. Entonces, deberán convocar a candidatos perdedores, a alcaldes y legisladores salientes. A la vieja guardia que tanto rechazo provoca, y desde ahí repensar su reconstrucción.

Mucho se ha apuntado a Ernesto Nemer como principal culpable de la derrota electoral priísta. Pocos, casi nadie ha advertido, la responsabilidad que tenía consigo Ignacio Pichardo Lechuga, quien fue coordinador de campaña de José Antonio Meade en el Estado de México. Fue pronunciado el voto diferenciado a favor de ciertos candidatos a alcaldes, diputados federales y locales; en comparación con la votación alcanzada por el candidato presidencial priísta.

Pichardo nunca quiso salir del bajo perfil y su zona de confort. Lo cierto es que la baja popularidad peñista, y la fallida candidatura de Meade, arrastraron a decenas de candidatos al despeñadero. Se logró identificar el voto diferenciado al que muchos apostaron, y que pese a la derrota de Meade en sus distritos, ellos alcanzaron la victoria: Cruz Roa y Eduardo Zarzoza son claro ejemplo. A la fecha, al hijo del exgobernador del mismo nombre, nadie le ha puesto un ápice de responsabilidad, en una campaña disociada con el priísmo mexiquense.

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