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Toluca, Edomex. 04 de diciembre de 2017.- La cargada mexiquense se hizo presente. Alfredo del Mazo aprovechó para respaldar ayer a José Antonio Meade como su precandidato presidencial. Y con el gobernador, cientos de priístas mexiquenses. Sin duda los más fieles, que lo aguantan todo. Acostumbrados a la imposición, al “dedazo”, a la unidad y ahora hasta candidato externos. Del Mazo reconoce que será una elección más difícil que la suya que lo llevó a la gubernatura. El voto anti PRI se ha activado con mucha fuerza en todo el país.

Lo cierto es que Meade, Del Mazo y el PRI no pierden la esperanza de ganar la elección del año entrante. Meade requerirá de casi 18 millones de votos. Los priístas calculan que dos de cada diez votos deberán ser aportados por el mayor bastión y semillero electoral de su partido: el Estado de México. Del Mazo sabe que del triunfo de Meade, depende ganar la mayoría de la legislatura local, y un abrumador número de municipios a su favor. El reto que enfrenta el PRI de Ernesto Nemer parece una misión imposible con el reloj en contra.

Ayer, los gobernadores priístas aprovecharon para reunirse en privado con Pepe Meade. Todos con dos o tres elecciones a cuestas, menos el ungido presidencial, experto tecnócrata del gabinete federal pero novato en elecciones. Todos para darle el espaldarazo. Pero los priístas son disciplinados, y nadie reprocha, nadie se mueve ni cuestiona. Algunos apoyaban antes a Osorio, y otros a Beltrones. Pero hoy son fieles con Meade. Aprovecharon para tomarse la foto

No faltó quien recordará aquella foto memorable de gobernadores priístas con el presidente Peña Nieto en su toma de protesta. El mexiquense retratado con mandatarios, hoy presos o prófugos de la justicia. Rodeado de los Duarte (Javier y César), Roberto Borge, Fausto Vallejo y Rodrigo Medina, entre otros. En cinco años, sin importar cuál sea el resultado electoral, ¿cuántos de esos gobernadores estarán encarcelados o escapando de prisión? Atínale al preso. Ahí está el mayor lastre para Meade, candidato del PRI, cuya mayor virtud es no ser priísta.

Y mientras Meade hablaba de un México moderno, su discurso contrastaba con el jurásico retrato de su partido. Arropado por Carlos Aceves del Olmo y Carlos Romero Deschamps, íconos del anquilosado sindicalismo. Aplaudido por Manlio Fabio Beltrones y Emilio Gamboa Patrón, las componendas de un poder sectario. Vitoreado por César Camacho y Eruviel Ávila, máximos representantes del Grupo Atlacomulco que se resiste a entregar la presidencia. Y rodeado de Claudia Ruiz Massieu y Enrique de la Madrid, herederos del priísmo de la crisis y el caos social, con la estirpe por delante de la democracia.

Peña Nieto y Pepe Meade contrastan como candidatos presidenciales. El primero presumía su militancia, su entonces popularidad y amplio reconocimiento. El segundo pregona ser apartidista, y confía en que su poca popularidad lo hará crecer en las encuestas. En algo coinciden Peña y Meade: enfocar su discurso, sin mencionarlo por su nombre, al candidato del “populismo” y del retroceso. Para ambos López Obrador es el mismo peligro para México, ante el riesgo de la derrota y de perderlo todo, el poder, los negocios y hasta la tranquilidad personal.

 

 

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