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Toluca, Edomex. 03 de julio de 2018.- Hasta el pasado domingo, el candidato más votado en la historia electoral del Estado de México era el exgobernador Eruviel Ávila con poco más de 3 millones de votos, en los comicios de 2011. Ni siquiera Enrique Peña lo pudo superar en la elección presidencial de 2012, donde obtuvo poco más de 2.6 millones de sufragios. Hacia atrás, el propio López Obrador había conseguido 2.5 millones de votos en 2006. Las cifras fueron ampliamente rebasadas por el tsunami tabasqueño que cimbró las estructuras del poder público y del régimen político del pasado domingo.

El conteo preliminar del INE le otorga a López Obrador, con un avance del 93 por ciento, una votación de 3.5 millones de sufragios. A nivel nacional, el candidato morenista contabiliza 24 millones de votos. La aplanadora electoral de Morena que acumula Andrés Manuel explica la derrota devastadora de sus adversarios. Desde el domingo, López Obrador se convirtió en el presidente más votado de la historia, y para efectos mexiquenses, en el candidato más votado del estado, incluidas elecciones por la gubernatura estatal. La cifra crecerá irremediablemente.

A pesar de que José Antonio Meade alcanza un millón 263 mil votos en contra de un millón 248 mil sufragios de Ricardo Anaya, en la contienda senatorial sigue adelante Juan Zepeda por cerca de 13 mil electores. César Camacho sigue sin saber ganar elecciones y se topará con el muro del voto de castigo.

Los candidatos agraviados y la militancia más copiosa piden a gritos la renuncia de Ernesto Nemer. El dirigente estatal del PRI tiene asegurado su curul en San Lázaro. Ni sufre ni se acongoja. Se ha refugiado en la omisión institucional y en el silencio lastimoso. Ni una sola explicación a sus electores y sus candidatos del monumental fracaso del priísmo en su último reducto de poder. El estandarte del Grupo Atlacomulco entregado sin resistencias ni estridencias. Vergonzoso lo que pasa en los pasillos del priísmo. Frente a la derrota no es un buen síntoma esconderse del reclamo social y del hartazgo ciudadano.

Alfredo Torres Martínez, mentor político de Eruviel Ávila, es uno de los grandes perdedores de la jornada electoral. El exsecretario de Desarrollo Urbano se aferró a convertirse en alcalde de Zumpahuacán, donde compró una residencia en el sexenio eruvielista. Alfredo sabía que no contaba ni con arraigo ni ascendencia. Sin embargo, pensó que sería suficiente el acuerdo cupular para afianzar su triunfo. Damnificado de la vorágine electoral morenista, Alfredo deberá hacer maletas hacia Ecatepec.

Hace exactamente doce años, Fernando Zamora y Carolina Monroy perdieron una elección frente al efecto López Obrador. Aunque no fue una elección concurrente, en marzo de 2006, Zamora salió derrotado de una diputación local; mientras que Carolina perdió la alcaldía de Metepec frente a Óscar González Yáñez. A la distancia, les han tomado la medida, y otra vez Andrés Manuel les ha cobrado la derrota. Zamora no logró reelegirse; y Carolina no pudo regresar a la presidencia municipal que dejo hace apenas tres años.

El priísmo enfrentó no sólo la oleada obradorista. Fue víctima de sus propios fantasmas. La apuesta en las estructuras electorales fue un rotundo fracaso. En el recuento de daños ni siquiera las estructuras votaron por sus propios candidatos. La movilización no funcionó, o quizá no hubo estrategia. Nunca antes el PRI había contemplado un escenario tan adverso. Del Mazo tendrá un puñado de legisladores locales.

 

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