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EDITORIAL (27-11-2017)

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Enrique Peña Nieto siguió el manual de la liturgia priísta, que le permita garantizar la unidad de su partido, la expectativa mediática, la decisión unipersonal, la distracción gubernamental, la facultad metaconstitucional y la concentración de poder, para ungir desde el gabinete federal al futuro candidato del PRI a la Presidencia de la República: José Antonio Meade Kuribreña.

El pasado jueves, Peña Nieto midió los tiempos necesarios, y lanzó la convocatoria de selección de candidato presidencial que parecía con una dedicatoria especial. En primer orden, reiteraba que el método de selección sería la convención de delegados: la misma estrategia usada por el priísmo para ungir a Eruviel Ávila y Alfredo del Mazo como candidatos a gobernador; y al propio Peña Nieto en su camino a Los Pinos, hace exactamente seis años. Esa misma, a prueba de la unidad de la militancia que sumisamente lo acepta todo.

En segundo lugar, la convocatoria priísta abrió la posibilidad de postular a un simpatizante de su partido, sin mayores candados, rompiendo paradigmas y ratificando la simpatía priísta por la tecnocracia que domina sus decisiones desde que el entonces secretario de Hacienda, José López Portillo fue “destapado” por Luis Echeverría, en el muy lejano 1975; y que a partir del mandato de Miguel de la Madrid en 1982, comenzó a diseñar la actual política económica.

La candidatura de Meade Kuribreña, rememora al último presidente priísta del siglo XX, Ernesto Zedillo, dada su alta preparación académica, su disciplina económica pero sobre todo su apatía partidista y su displicencia electoral. Meade al igual que Zedillo, tiene una formación económica extranjera, como egresado de la Universidad de Yale; y carece de algún cargo de elección popular, antes de ser postulado por decisión presidencial como candidato a Los Pinos.

El recorrido de Pepe Meade en los gobiernos panista y priísta, de Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto, respectivamente, tiene explicación como parte de su formación académica en el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM), fundado por el extinto empresario Alberto Bailleres -dueño del Palacio de Hierro-, donde se relacionó con personajes como Ernesto Cordero y Luis Videgaray, que se han convertido en su arropo para lograr la prevalencia de su trayectoria política y la nominación de la candidatura presidencial.

Lo cierto es que Peña Nieto ha reivindicado el presidencialismo mexicano, y actúa desde hace meses como jefe de partido y de campaña, ante la mayor exigencia que se puede fijar un priísta: heredar el poder a uno de los suyos. Pero con ello, ha renunciado a su responsabilidad como jefe de Estado, para garantizar una elección equitativa y democrática, y ocuparse de tiempo completo de las definiciones de su partido y del candidato presidencial ya determinado.

La militancia priísta, por su parte, ha renunciado a cualquier intento de democracia interna, aceptando de facto las decisiones del primer priísta del país, para sumarse sin reclamos ni cortapisas a la campaña presidencial que encabezará un simpatizante de su partido, Meade, que además trabajó de tiempo completo en el gobierno panista de Felipe Calderón, que tanto criticó el peñismo en campaña. El destape y el dedazo están de regreso en Los Pinos.

En lo técnico, la candidatura presidencial de José Antonio Meade supone una apuesta por dar continuidad a una política económica que tanto ha lacerado a las clases medias y bajas del país, y cuya situación de precariedad, marginación y pobreza reclama una transformación, y que se puede expresar a manera de hartazgo en la elección del próximo 1 de julio, como un voto de castigo a la rampante corrupción priísta, y a una economía que no funciona para millones y millones de electores.

 

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